Luján cerró el mayor basural a cielo abierto del país, pero deja una amenaza bajo tierra
Su clausura termina con una de las postales ambientales más graves de la Argentina, pero deja una deuda mucho más profunda con casi dos decenas de hectáreas degradadas y un pasivo ambiental que no desaparece
Durante más de 50 años, la basura de Luján terminó en el mismo lugar, con camiones municipales, toneladas de residuos domiciliarios, montañas que crecieron sin pausa y un predio que se convirtió con el tiempo en un símbolo del fracaso de las políticas de gestión de residuos.
Es más, la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes definió a este predio de la ciudad bonaerense como el basural a cielo abierto más grande y antiguo de la Argentina.
La caracterización es importante porque permite dimensionar la escala del problema que ahora comienza una nueva etapa ya que desde este mes de julio, el basural dejó de recibir residuos y el municipio empezó a derivar el 100% de la basura domiciliaria al sistema de CEAMSE.

La decisión marca un punto de inflexión ambiental para Luján aunque también abre la etapa más difícil teniendo en cuenta que el cierre impide que el problema siga creciendo pero no elimina lo acumulado en estas cinco décadas.
Es más, debajo de la superficie quedan 50 años de residuos acumulados; procesos de descomposición todavía activos; riesgo de lixiviados; generación de gases y un pasivo ambiental cuya dimensión real deberá ser estudiada y monitoreada durante años.
Un gigante de basura que creció
La Quema, como se conoció durante décadas al predio, no era un microbasural ni una descarga clandestina al costado de una ruta sino el destino habitual de los residuos urbanos de todo el distrito.
Por lo menos así surge de analizar distintos antecedentes técnicos y académicos que describen un complejo de alrededor de 18 hectáreas, con basura extendida sobre la mayor parte del terreno y sectores donde la acumulación supera los 20 metros.
La escala ayuda a entender por qué el cierre tiene una importancia que excede lo local si se tiene en cuenta que en sus últimos años de actividad llegó a recibir entre 100 y 120 toneladas diarias.
A ese ritmo, el flujo anual podría ubicarse entre 36.500 y casi 44.000 toneladas que sumaban decenas de miles de toneladas a una montaña que, en algunos sectores, alcanzó una altura comparable a la de un edificio de varios pisos.
De hecho, el volumen total histórico nunca fue consolidado en una medición pública única por la cantidad de desechos que fue acumulando en el transcurso de su vida.
Sin embargo, la superficie ocupada, la profundidad de la acumulación y el flujo anual reciente alcanzan para dimensionar el problema y también para recodar que la Argentina mantiene desde hace décadas una deuda estructural con la gestión de sus residuos, con miles de basurales a cielo abierto distribuidos por el territorio.
El símbolo extremo de un modelo peligroso
En este contexto, se debe aclarar que La Quema no era un depósito clandestino pequeño ni un foco aislado sino el destino habitual de la basura de una ciudad entera que funcionó de ese modo durante más de medio siglo.
Si bien su cierre representa un avance indiscutible, los expertos en temas de medio ambiente se preguntan cuál fue la razón para que este predio no haya sido cerrado antes y por qué distintas administraciones municipales permitieron que la basura urbana terminara a cielo abierto.
Un problema conocido, visible y persistente
En especial si se tiene en cuenta que la población de Luján convivió con incendios, humo, olores, presencia de insectos y roedores y hasta con el riesgo permanente de que la contaminación avanzara más allá de los límites del predio.
Por eso, los analistas advierten que no se trató de un fenómeno imprevisto sino que La Quema formó parte del sistema público de disposición de residuos de Luján.
Destacan también que este escenario fue posible por la continuidad de una política pública que atravesó gobiernos, intendentes y cambios de signo político sin conseguir reemplazar un modelo ambientalmente insostenible.

Lo que sigue ocurriendo debajo de la tierra
Es más, el cese del ingreso de residuos elimina una fuente diaria de contaminación pero no detiene automáticamente los procesos que siguen activos dentro de la masa acumulada porque queda claro que la materia orgánica continúa degradándose.
Ese proceso genera biogás, compuesto principalmente por metano y dióxido de carbono.
En el caso del metano, es uno de los gases de efecto invernadero más relevantes en la discusión climática y uno de los grandes problemas asociados con la gestión deficiente de residuos.
Pero también se deben tener en cuenta los lixiviados que surgen cuando el agua de lluvia atraviesa la basura, arrastra materia orgánica y distintas sustancias presentes entre los residuos.
En un relleno sanitario, la ingeniería busca aislar la masa de basura, captar esos líquidos y tratarlos mientras que en un basural a cielo abierto, esas barreras pueden no existir o ser insuficientes.
Por eso, los expertos aconsejan que la remediación incluya estudios de suelo, control de aguas subterráneas, manejo de gases, tratamiento de lixiviados y monitoreo ambiental de largo plazo.
Advierten que el riesgo más serio es que el cierre administrativo sea presentado como si fuera una limpieza completa cuando entienden que no lo es ya que sanear el predio implica otra escala de trabajo, otra inversión y otro tiempo.
Salida inmediata que no es la solución definitiva
El nuevo esquema llevado a cabo por el municipio ubica a CEAMSE en el centro de la política de residuos de Luján ya que ahora toda la basura domiciliaria del distrito comenzó a ser enviada al sistema de disposición final de la empresa pública interjurisdiccional.
Es decir, los residuos dejan de terminar en un basural abierto y pasan a instalaciones diseñadas para una disposición controlada.
De todos modos, el cambio también plantea una discusión incómoda ya que la basura sigue existiendo, con la diferencia de que ahora viaja más lejos.
Si Luján continúa generando alrededor de 100 toneladas diarias y la mayor parte termina en disposición final, el problema deja de verse dentro del distrito, pero no desaparece.
Por eso, el éxito del nuevo modelo no podrá medirse solamente por la cantidad de camiones que dejaron de entrar a La Quema sino en cuántas toneladas logra reducir, separar y recuperar antes de enviarlas a enterramiento.
Ahí se juega la diferencia entre gestionar residuos y desarrollar una verdadera política de economía circular si se tiene en cuenta que cartón, papel, vidrio, metales y plásticos pueden reincorporarse al circuito productivo.
Pero eso requiere separación en origen, recolección diferenciada, plantas de clasificación, logística, mercados y un sistema capaz de sostener todo el recorrido para que el cierre del predio no corra el riesgo de transformarse en una mudanza de la basura.
Una obra millonaria inconclusa
El aspecto más polémico del caso aparece cuando se revisa la historia del Centro Ambiental Luján y se observa que la solución integral había sido proyectada años antes.
Más precisamente, en el 2021 cuando el entonces Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación lanzó una licitación para diseñar, construir y operar un nuevo Centro Ambiental, además de sanear el basural existente.
La iniciativa formó parte del Programa de Gestión Integral de Residuos Sólidos Urbanos y contó con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo.
El presupuesto oficial superó los $1.000 millones a valores de aquel momento para financiar un proyecto que no consistía simplemente en levantar una planta de clasificación sino que buscaba modificar de raíz el sistema de residuos del distrito.
La obra contemplaba tratamiento, recuperación de materiales, infraestructura ambiental y saneamiento del predio histórico.
Por su dimensión, la licitación atrajo a varios de los grandes jugadores del negocio ambiental y de la obra pública.
A la convocatoria se presentaron Urbaser Argentina junto con Urbaser; Tecsan Ingeniería Ambiental y Benito Roggio e Hijos; Transportes Malvinas; Milicic; EVA S.A. y Estrans.
La adjudicación quedó finalmente en manos de EVA que pasó a ser la contratista de la infraestructura destinada a reemplazar el viejo modelo pero no a ser la responsable del basural.
Si bien el Centro Ambiental comenzó a ejecutarse, no fue completado en los plazos previstos y la obra quedó atravesada por disputas judiciales, modificaciones contractuales, cambios en la política nacional de obra pública y dificultades para sostener su continuidad.
Distintos antecedentes ubicaron el grado de avance cerca del 70% cuando el proyecto empezó a quedar paralizado a partir de demandas judiciales y trámites que derivaron en la parálisis de la licitación.
En 2025, la intervención de la Corte Suprema modificó el escenario y despejó el camino para la continuidad del proyecto pero para entonces el basural había sumado nuevas toneladas y el Centro Ambiental seguía sin cumplir su objetivo original.
Una “brutal” contradicción ambiental
Mientras el futuro de la obra se discutía en despachos, expedientes y tribunales, el basural seguía recibiendo residuos, con ingresos que en los últimos años podían acercarse a las 40.000 toneladas anuales.
Semejante nivel de basura acumulada tenía peligrosas consecuencias al profundizar la superficie del predio; comprometer más superficie y generar una mayor contaminación potencial, además de incrementar los fondos necesarios para reparar el daño futuro.
Ahora, el municipio tomó una decisión práctica a partir de cerrar La Quema y enviar toda la basura a CEAMSE aun cuando la infraestructura diseñada para reemplazarla no estuviera terminada.
Si bien la medida cortó la continuidad del problema, dejó a mitad de camino el nuevo modelo y resumiendo una de las mayores paradojas de la política ambiental argentina y dejando en modo incógnito la próxima etapa que requiere un cierre técnico.
Eso supone estabilizar la masa de residuos, manejar el escurrimiento del agua, controlar gases, captar lixiviados, proteger el suelo, vigilar las napas y sostener mediciones durante años.
La pregunta más importante es quién pagará por esa remediación, también cuánto costará, cuánto demorará y qué organismo tendrá a su cargo el control.
El impacto social
Para los vecinos de Luján, el cierre implica un alivio concreto ya que no ingresan nuevas toneladas y con el tiempo deberían disminuir los incendios, el humo, los olores y la presencia de vectores.
Además, la calidad ambiental de los barrios cercanos puede mejorar, pero el impacto social también modifica la economía de los residuos ya que transportar basura a CEAMSE tiene costos logísticos y operativos y cuantas más toneladas se generen, mayor será el gasto.
Por eso, la separación en origen deja de ser solamente una consigna ambiental para convertirse en una cuestión económica al tenerse en cuenta que cada tonelada recuperada reduce transporte, disposición final y presión sobre los rellenos sanitarios.
Además, cada material que vuelve al circuito productivo evita parte de la extracción de nuevas materias primas.
Pero la responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre los hogares ya que separar residuos sirve si después existe un sistema público capaz de recogerlos de manera diferenciada y procesarlos.
Pero La Quema también fue durante años el lugar de trabajo de decenas de familias al punto que un estudio académico basado en antecedentes del proyecto señaló que el municipio había censado a 163 recuperadores informales y que 89 habían sido integrados a una cooperativa recicladora.
Otros relevamientos hablaron de entre 150 y 200 familias vinculadas económicamente con el predio que durante años buscaron cartón, plástico, metal y otros materiales entre la basura.
Lo hicieron expuestos a humo, residuos peligrosos, elementos cortantes y condiciones sanitarias inadmisibles.
En este sentido, el nuevo esquema municipal contempla la incorporación de recuperadores a sistemas cooperativos, capacitación y trabajo en mejores condiciones.















