La “era Ozempic” cambia la forma de entender la obesidad y abre un nuevo negocio alrededor de la alimentación
Ozempic, Wegovy y Mounjaro cambiaron el tratamiento de la obesidad y abrieron un debate sobre ultraprocesados, alimentación y salud pública.
Durante décadas, la obesidad estuvo asociada en buena medida a decisiones individuales sobre alimentación y actividad física. La expansión de los fármacos para adelgazar, entre ellos Ozempic, Wegovy y Mounjaro, modificó esa perspectiva al consolidar la idea de que el exceso de peso puede ser abordado como una enfermedad que requiere tratamiento médico.
Los medicamentos basados en agonistas del receptor GLP-1 demostraron capacidad para favorecer una pérdida de peso significativa en determinados pacientes y ampliaron las alternativas disponibles para tratar la obesidad. Al mismo tiempo, su crecimiento plantea un debate sobre los límites de la medicalización, la influencia de la industria farmacéutica y el papel que ocupan los alimentos ultraprocesados en el aumento de los problemas relacionados con el peso.

Un editorial publicado esta semana en la revista Science advierte sobre los posibles efectos de lo que sus autores denominan la “era Ozempic”, un escenario en el que estos medicamentos no solo modifican los tratamientos contra la obesidad, sino también la manera en que la sociedad interpreta la alimentación y el control del peso.
Luc Hagenaars, investigador de políticas sanitarias de la Universidad de Ámsterdam y uno de los autores del editorial, sostiene que el principal problema no está en la eficacia de los medicamentos, sino en que puedan convertirse en una respuesta individual frente a una enfermedad que también tiene componentes económicos, sociales y ambientales.
Los medicamentos para adelgazar y el cambio de paradigma
La aparición y expansión de los agonistas del GLP-1 modificó el tratamiento de la obesidad. Estos medicamentos actúan sobre mecanismos relacionados con la regulación del apetito y la saciedad, y pueden contribuir a reducir la ingesta de alimentos y el peso corporal en personas que reciben indicación médica.
En este grupo se encuentran diferentes principios activos y medicamentos, con indicaciones que no son necesariamente idénticas. Ozempic, cuyo principio activo es semaglutida, fue desarrollado para el tratamiento de la diabetes tipo 2 y se consolidó en el marco de una investigación sobre los efectos colaterales del medicamento para adelgazar en Argentina
Mientras que Wegovy, también basado en semaglutida, cuenta con una indicación específica para el tratamiento de la obesidad en determinados pacientes. Mounjaro, cuyo principio activo es tirzepatida, también se utiliza en el tratamiento de la diabetes tipo 2 y cuenta con presentaciones e indicaciones vinculadas al control del peso según el país.

El crecimiento de estas terapias contribuyó a instalar una nueva conversación sobre la obesidad. Si existe un tratamiento farmacológico específico para modificar el peso corporal, la consideración de la obesidad como una enfermedad adquiere mayor presencia en el ámbito sanitario.
Sin embargo, Hagenaars plantea que este cambio también puede generar una ampliación del enfoque médico sobre un problema que no depende exclusivamente de factores individuales. La disponibilidad de un tratamiento farmacológico no elimina la influencia de los hábitos alimentarios, el entorno, los precios de los alimentos, las condiciones sociales ni las estrategias comerciales de la industria alimentaria.
El papel de los alimentos ultraprocesados
Uno de los principales ejes del debate es el crecimiento de los alimentos ultraprocesados en las dietas de distintos países. Estos productos suelen formularse a partir de ingredientes industriales y pueden contener combinaciones de grasas, azúcares, sal, almidones, saborizantes y otros componentes.
Una serie de revisiones científicas publicada en The Lancet analizó la expansión mundial de estos alimentos y su relación con distintos resultados de salud. Los trabajos plantearon la necesidad de que los gobiernos adopten medidas para abordar su creciente presencia en las dietas.
Según los datos citados en el editorial de Science, entre 2007 y 2022 las ventas anuales per cápita de alimentos ultraprocesados aumentaron cerca de un 20% en países de ingresos medios-altos, al pasar de 104 kilos a 121,6 kilos por persona.
El fenómeno introduce una cuestión central en el debate sobre la obesidad y los medicamentos para adelgazar. Mientras aumenta la disponibilidad de productos industriales de consumo habitual, también crece el mercado de tratamientos destinados a reducir el peso corporal.
La doctora Florencia Aranguren, médica especializada en diabetes y obesidad y directora de la Diplomatura de Riesgo Cardiometabólico y Renal de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) explicó a Economía Sustentable que “en un tratamiento integral, la medicación se indica después de evaluar el grado y las complicaciones de la obesidad, los antecedentes clínicos, las expectativas y los riesgos de cada persona”.
En ese sentido, Aranguren destacó que “el objetivo no se limita a modificar el número de la balanza: se busca reducir grasa corporal, mejorar las enfermedades asociadas y preservar la fuerza, la capacidad física y la calidad de vida”.
La especialista detalló que “ese abordaje incluye un plan alimentario que asegure una ingesta adecuada, entrenamiento de fuerza, actividad física, manejo de los síntomas digestivos y controles periódicos” y añadió que “la dosis se aumenta gradualmente, respetando la tolerancia”.
La nutricionista destacó que “también se planifica cómo sostener los resultados, porque la obesidad es una enfermedad crónica y la recuperación de peso después de suspender el tratamiento es posible” y subrayó que “cuando el único objetivo es bajar rápidamente, suele priorizarse la velocidad por encima de la calidad del descenso”.

“Querer bajar de peso es comprensible. Pero el tratamiento tiene que estar bien indicado, ofrecer más beneficios que riesgos y contar con seguimiento profesional”, enfatizó Aranguren.
La cuestión, por lo tanto, no se limita a determinar si los medicamentos funcionan. También involucra cómo se aborda el conjunto de factores que intervienen en la obesidad.
Un mercado que se expande
La expansión de los medicamentos contra la obesidad generó un mercado de gran tamaño para las compañías farmacéuticas. Al mismo tiempo, abrió oportunidades para otros sectores vinculados con la alimentación y el consumo.
Entre las nuevas propuestas aparecen batidos sustitutivos de comidas, productos funcionales y alimentos formulados para consumidores que buscan reducir su ingesta calórica. Estas alternativas pueden presentarse como soluciones prácticas para reemplazar una comida completa sin necesidad de cocinar.
El desarrollo de este segmento se vincula con un cambio más amplio en la relación entre alimentación, salud y conveniencia. La comida puede pasar a ser concebida cada vez más como un producto diseñado para cumplir determinados objetivos nutricionales, en lugar de formar parte de una rutina que incluye preparación, convivencia y transmisión cultural.
Esta transformación también puede beneficiar a empresas capaces de desarrollar productos adaptados a las necesidades de consumidores que utilizan medicamentos para controlar su peso. El escenario genera una interacción entre dos mercados: por un lado, los productos alimentarios industriales y, por otro, los tratamientos farmacológicos destinados a combatir algunos de sus efectos sobre el peso corporal, que mal utilizados pueden dañar la salud como alertó la OMS.
El riesgo de ampliar las categorías médicas
Otro de los puntos cuestionados por Hagenaars es la utilización de nuevas categorías relacionadas con el exceso de peso. El concepto de “preobesidad clínica”, planteado por un comité de expertos en The Lancet, forma parte de esta discusión. La propuesta buscó revisar las categorías tradicionales utilizadas para definir la obesidad y analizar el problema más allá de determinados valores de índice de masa corporal.
Hagenaars considera además que este tipo de ampliaciones pueden incrementar el número de personas incluidas dentro de categorías susceptibles de recibir tratamientos médicos.
El investigador denomina este proceso “ampliación del diagnóstico” y sostiene que cuanto mayor sea la población considerada dentro de las categorías relacionadas con la obesidad, mayor será el mercado potencial para los tratamientos.
La discusión también alcanza a los vínculos entre la industria farmacéutica y la investigación científica. Las compañías financian estudios relacionados con medicamentos y tratamientos, una práctica que debe ser declarada en las publicaciones científicas mediante los correspondientes conflictos de intereses.
Para Hagenaars, esa relación económica puede influir en las prioridades de investigación, aunque el financiamiento de un estudio no implica por sí mismo que sus resultados sean incorrectos. El investigador sostiene que el debate científico debería contemplar no sólo los mecanismos biológicos de la obesidad, sino también factores vinculados con el estilo de vida, las políticas públicas, la alimentación y los intereses económicos.
Estados Unidos como laboratorio de la era Ozempic
Estados Unidos permite observar el impacto de la expansión de estos medicamentos. De acuerdo con los datos citados en el texto de Science, el porcentaje de adultos estadounidenses con obesidad descendió del 39,9% al 37% en un período de dos años coincidente con el crecimiento del uso de tratamientos farmacológicos para el control del peso.
La evolución no permite atribuir automáticamente el descenso exclusivamente a los medicamentos, ya que la prevalencia de obesidad está determinada por múltiples factores. Sin embargo, muestra la dimensión que alcanzó el fenómeno y la relevancia que adquirieron los agonistas del GLP-1 dentro de las estrategias contra el exceso de peso.
Y aquí se plantea otra cuestión importante: qué papel deben desempeñar las políticas alimentarias frente al crecimiento de los tratamientos farmacológicos.
La alimentación como fenómeno social
Las culturas alimentarias pueden funcionar como un elemento frente a la homogeneización de los hábitos de consumo, especialmente en países como Argentina donde la alimentación continúa vinculada a prácticas sociales como cocinar en familia, comprar alimentos en mercados, compartir comidas y mantener recetas transmitidas entre generaciones.
Desde esta perspectiva, comer no se reduce a incorporar nutrientes. También implica actividades sociales y culturales que forman parte de la vida cotidiana.
Los medicamentos agonistas del GLP-1 modifican algunos de los mecanismos fisiológicos relacionados con el hambre y la saciedad. En determinados pacientes, esa reducción del apetito puede formar parte del efecto buscado del tratamiento.
Al respecto, la doctora Carolina Chacón, médica cardióloga especializada en Obesidad y Diabetes y directora Médica del Instituto de Investigaciones Clínicas de Rosario afirmó que “la diferencia entre consumirlos solos para bajar de peso y hacer un plan integral reside en la permanencia de los resultados a largo plazo. Si no se hace un tratamiento interdisciplinario (agregando también soporte psicológico para una enfermedad sumamente estigmatizada), no se pueden garantizar los resultados en el tiempo”.
“Esta medicación evidenció algo muy importante: permite reducir lo que se denomina food noise (ruido a comida). El paciente deja de sentir ese estímulo permanente —que incluso le dificulta su vida diaria— del pensamiento constante en la comida. Esa oportunidad nos da el momento justo para intervenir con nutrición, educación y actividad física, de manera que el paciente pueda perpetuar los resultados”, indicó en declaraciones a Economía Sustentable.
El debate planteado por los autores de Science consiste en determinar qué consecuencias tendría una sociedad en la que el control del peso dependiera cada vez más de intervenciones farmacológicas y menos de políticas destinadas a modificar el entorno alimentario.
El futuro de la alimentación
La expansión de Ozempic, Wegovy, Mounjaro y otros medicamentos para adelgazar coincide con una transformación del mercado alimentario. Mientras los ultraprocesados mantienen una presencia creciente en las dietas de numerosos países, aparecen productos diseñados específicamente para consumidores interesados en controlar su peso.

A esto se suma el desarrollo de comidas preparadas y batidos sustitutivos que pueden reemplazar una comida sin requerir preparación doméstica.
El resultado es un escenario en el que distintas industrias pueden intervenir sobre etapas diferentes del mismo problema: la industria alimentaria desarrolla productos de consumo masivo, mientras la farmacéutica ofrece tratamientos para enfermedades y condiciones relacionadas con el peso.
El debate no implica cuestionar el uso médico de los fármacos para la obesidad en pacientes que los necesitan. La discusión se centra en si estas herramientas deben formar parte de una estrategia sanitaria más amplia o si pueden terminar ocupando el lugar de políticas destinadas a modificar las condiciones que favorecen una alimentación poco saludable.
La pregunta que queda planteada es qué lugar tendrá la comida en ese escenario. La alimentación puede ser considerada una cuestión de salud individual, pero también involucra economía, cultura, relaciones sociales y decisiones políticas.
La denominada era Ozempic representa, en ese sentido, algo más que la llegada de una nueva generación de medicamentos. También abre una discusión sobre cómo se entiende la obesidad, quién debe asumir su tratamiento y qué papel tendrán la industria alimentaria, la industria farmacéutica y las políticas públicas en la forma en que la sociedad se alimentará durante las próximas décadas.















