El consumo de alimentos ultraprocesados se consolidó como uno de los principales cambios en los patrones alimentarios contemporáneos. En paralelo, la evidencia científica comenzó a analizar si estos productos pueden generar conductas asociadas a la adicción. Estudios recientes indican que, en determinados casos, su consumo se vincula con antojos persistentes, pérdida de control e ingesta compulsiva, fenómenos que también se observan en trastornos por consumo de sustancias. Investigaciones científicas realizadas por la Universidad de Michigan en población adulta y pediátrica estiman que hasta el 20% de los adultos y el 15% de niños y adolescentes presentan signos compatibles con adicción a alimentos ultraprocesados. Estos productos incluyen snacks envasados, bebidas azucaradas, comidas rápidas, golosinas, productos de panificación industrial y alimentos listos para consumir, caracterizados por su formulación industrial y la combinación de grasas, azúcares, sodio y aditivos. Los alimentos ultraprocesados activan el sistema de recompensa del cerebro mediante la liberación de dopamina, un mecanismo similar al de las sustancias que generan dependencia. La investigación, a menudo centrada en las tácticas de grandes corporaciones alimentarias similares a las de la industria tabacalera, apunta a productos con alto contenido en grasas, azúcares refinados y aditivos potenciadores del sabor. El 2 de diciembre de 2025, la Ciudad de San Francisco, en Estados Unidos, demandó a los fabricantes de alimentos ultraprocesados que, según expertos en salud, han llevado a millones de estadounidenses a la obesidad durante décadas de consumo excesivo, informó esta ciudad californiana el martes. Kraft Heinz, Coca-Cola, Nestlé, Mondelez y Kellogg, entre otras, figuran en la que funcionarios calificaron como una demanda pionera que responsabiliza a algunos de los nombres más grandes de la industria alimentaria de Estados Unidos. «Estas empresas crearon una crisis de salud pública con la ingeniería y comercialización de alimentos ultraprocesados«, dijo el procurador de la ciudad de San Francisco, David Chiu. «Tomaron alimentos y los hicieron irreconocibles y perjudiciales para el cuerpo humano», agregó. ¿Cuáles son los productos en la mira? Snacks: Marcas como Cheetos, Doritos, Pringles, o Lay’s combinan grasas y sal en niveles altos, lo que genera una rápida absorción y antojos, señalan informes. Bebidas Azucaradas: Coca-Cola, Pepsi, Fanta, Sprite. Son señalados por su alto contenido de azúcar que libera dopamina y crea un ciclo de consumo vicioso. Chocolates y golosinas: Snickers, Hershey’s, KitKat, Oreo, entre otros. Los chocolates con leche o blancos son considerados altamente adictivos por su alto contenido en grasa y azúcar. Comida Rápida y Congelados: McDonald’s (especialmente hamburguesas con queso), Burger King, nuggets de pollo. Cereales y Panadería Industrial: Kellogg’s (Zucaritas, Froot Loops), Nestlé (Nesquik), Bimbo (panes, budines y magdalenas). Postres Lácteos y Helados: Nestlé (helados), Danone (yogures azucarados con sabor a frutas) Las listas extensas de ingredientes con nombres técnicos y aditivos químicos son la señal más clara de que un alimento ha sido sometido a un procesamiento industrial intenso. Qué son los alimentos ultraprocesados y cómo actúan en el cerebro Los alimentos ultraprocesados se elaboran a partir de ingredientes modificados y combinados mediante procesos industriales. Su composición busca generar estímulos sensoriales intensos, lo que favorece su consumo reiterado. Según investigaciones en el campo de la psicología y la nutrición, estos productos pueden activar el sistema de recompensa del cerebro, asociado a la liberación de dopamina. Este mecanismo, que en condiciones normales se relaciona con conductas necesarias para la supervivencia, como la alimentación, puede verse alterado en entornos donde predominan productos de alta densidad energética y disponibilidad constante. En ese contexto, el cerebro responde a estos estímulos de manera similar a como lo hace frente a otras sustancias que generan dependencia, aunque con menor intensidad. Estudios experimentales realizados desde la década de 1980 mostraron que animales de laboratorio incrementaban la actividad dopaminérgica al acceder a alimentos ricos en azúcar y grasa. Investigaciones posteriores en humanos observaron patrones comparables en la respuesta cerebral ante el consumo de productos ultraprocesados. Las tácticas de las grandes corporaciones alimentarias buscan que los productos sean visualmente irresistibles, impulsando un ciclo de consumo vicioso. La dra. Irina Kovalskys (MN N° 80.503) médica pediatra, especialista en Nutrición y Doctora en Medicina y Directora Médica de INUMI, destacó que “el cerebro tiende a recibir como más apetecible sabores dulces o alimentos con más contenidos de grasa por lo que lo que nos cuesta parar de comerlo”. “Cuanto más capaces seamos de controlar nuestro hábito alimenticio, cuanto menos nos acostumbremos a sabores hiperdulces o hipergrasos más nos acostumbraremos a que estos alimentos inicialmente no nos parecen tan ricos”, indicó Kovalskys en declaraciones a Economía Sustentable. Conductas adictivas y síntomas asociados La hipótesis de la adicción a los alimentos ultraprocesados se apoya en la identificación de comportamientos específicos. Entre ellos se destacan los antojos intensos, la dificultad para limitar el consumo y la persistencia en la ingesta a pesar de las consecuencias negativas. También se registraron síntomas compatibles con abstinencia en personas que reducen o eliminan estos productos de su dieta. Estudios preliminares describen la aparición de irritabilidad, fatiga y dolores de cabeza en estos casos, lo que refuerza la hipótesis de un componente adictivo. Además, investigaciones recientes incorporan el análisis del microbioma intestinal como un factor relevante. Se observó que personas con patrones de consumo compulsivo presentan composiciones microbianas similares a las identificadas en otras conductas adictivas, lo que abre nuevas líneas de estudio sobre la interacción entre alimentación y salud mental. La médica especialista Miryam Gorban, fallecida en octubre de 2025, fue pionera en el campo de la soberanía alimentaria y referente en nutrición pública en Argentina y desde hace décadas advertía sobre el papel de la industria alimentaria y sus estrategias para seducirnos. El etiquetado frontal de advertencia es una herramienta clave para que los consumidores identifiquen fácilmente el exceso de nutrientes críticos. “No hay que dejarse llevar por la publicidad engañosa porque esos productos son lo peor, están llenos de conservantes, aditivos y químicos. Todo eso altera y enlentece el metabolismo por el exceso de energía, de nutrientes, de sal, de azúcar y de grasas, y son los grandes responsables de la pandemia de obesidad y sobrepeso”, explicaba en una de sus últimas entrevistas periodísticas. Relación con enfermedades no transmisibles El consumo elevado de alimentos ultraprocesados se asocia con un mayor riesgo de enfermedades no transmisibles. Entre ellas se incluyen obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, depresión y ansiedad. Estudios epidemiológicos también identificaron una relación con mayor mortalidad por distintas causas. En población infantil, investigaciones recientes detectaron niveles elevados de glucosa y colesterol en niños con dietas basadas en estos productos. Asimismo, ensayos controlados indicaron que las personas expuestas a dietas ultraprocesadas consumen, en promedio, más calorías diarias que aquellas que siguen dietas basadas en alimentos no procesados. El impacto no se limita al contenido calórico. La composición de estos productos, con bajo aporte de fibra y micronutrientes, junto con la presencia de aditivos, puede influir en procesos metabólicos y en la regulación del apetito. La exposición a ultraprocesados se intensifica en ámbitos de socialización como la escuela o los cumpleaños, lo que desafía los hábitos adquiridos en casa. “La presencia de aditivos como colorantes, conservantes y saborizantes tiene un impacto directo en el sistema nervioso. Está demostrado científicamente que la tartrazina impacta en nuestro sistema inmunológico por la permeabilidad intestinal. Atraviesan la barrera intestinal pasan a la sangre, atraviesan la barrera hematoencefálica y llegan al cerebro, alterando el comportamiento”, dijo Gabriel Vinderola, doctor en Química, investigador principal del Instituto de Lactología Industrial (CONICET-UNL e integrante de PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil). Cambios en el patrón alimentario infantil en Argentina En Argentina, el consumo de alimentos ultraprocesados forma parte de una transformación más amplia del patrón alimentario. La incorporación cotidiana de galletitas, snacks, bebidas azucaradas y productos listos para consumir se vincula con cambios en los hábitos familiares, la organización del tiempo y la disponibilidad de alimentos. Especialistas en pediatría y nutrición señalan que estos cambios se observan desde edades tempranas. Entre los factores identificados se encuentran la reducción de la lactancia materna exclusiva y el aumento en el uso de fórmulas infantiles, junto con una mayor exposición a productos industrializados. Según datos oficiales, en los últimos años se registraron cambios del patrón alimentario infantil desde las primeras etapas de la vida. Entre ellos, se identifica una reducción de la lactancia materna exclusiva y un aumento en el uso de fórmulas infantiles. La alimentación complementaria a partir de los seis meses es la ventana de oportunidad para ofrecer alimentos reales y construir hábitos saludables. En ese sentido, Vinderola reconoció que en la Argentina, “la lactancia exclusiva está por debajo del 50% desde hace algunos años”, aunque destacó que en el último tiempo “se observa un pequeño incremento, gracias a campañas de concientización”. “Igual hay que entender el contexto, la sociedad no se la hace fácil a la mamá para que mantenga la lactancia exclusiva, porque tiene que volver a trabajar rápido y no hay lugares preparados para amamantar”, remarcó Vinderola en diálogo con Economía Sustentable. La introducción de alimentos ultraprocesados en la dieta infantil se relaciona con la aparición de enfermedades no transmisibles en etapas tempranas, como obesidad, diabetes tipo 2, dislipidemias e hipertensión arterial. También se investigan posibles vínculos con pubertad precoz y alergias alimentarias. Por tal motivo, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) advierte que los alimentos ultraprocesados presentan altos contenidos de azúcares, sodio y grasas, lo que se vincula con problemas de salud en la población infantil. Entre sus recomendaciones, plantea evitar su consumo en la infancia y limitar su oferta en entornos escolares. Además, respalda la implementación de la Ley de Etiquetado Frontal 27.642 como herramienta para mejorar la información disponible al consumidor. Evidencia científica sobre comportamiento alimentario Diversos estudios analizan el vínculo entre ultraprocesados y comportamiento alimentario. Investigaciones de la Universidad de Michigan aplicaron criterios clínicos utilizados para trastornos por consumo de sustancias y encontraron que ciertos alimentos cumplen con estos parámetros. Desde el campo de la nutrición, se señala que la liberación de dopamina asociada al consumo de estos productos puede modificar la relación con la comida, desplazando la ingesta basada en necesidades fisiológicas hacia una motivada por estímulos de recompensa. El consumo de aditivos, conservantes y saborizantes puede alterar la microbiota intestinal y afectar procesos metabólicos esenciales para la salud. También se estudia el impacto de aditivos como colorantes, conservantes y saborizantes en el sistema nervioso. Algunas investigaciones los vinculan con procesos inflamatorios y cambios en la conducta alimentaria, aunque estos mecanismos continúan en análisis. Riesgos metabólicos y microbioma intestinal El efecto de los alimentos ultraprocesados sobre la salud incluye su impacto en el microbioma intestinal. Este ecosistema de microorganismos cumple funciones clave en la digestión, el sistema inmunológico y el metabolismo. Estudios experimentales sugieren que ciertos componentes, como emulsificantes y conservantes, pueden alterar la microbiota. Estas modificaciones se asocian con inflamación crónica y mayor riesgo de enfermedades metabólicas. Asimismo, investigaciones epidemiológicas identificaron asociaciones entre el consumo elevado de ultraprocesados y el aumento de enfermedades como cáncer colorrectal en adultos jóvenes, además de la aparición de pólipos intestinales. Dificultades para identificar alimentos ultraprocesados Uno de los principales desafíos en el abordaje de este fenómeno es la identificación de los productos ultraprocesados. Muchos forman parte de la alimentación cotidiana y no siempre se perciben como opciones de bajo valor nutricional. El análisis de etiquetas es una herramienta utilizada para su reconocimiento. La presencia de listas extensas de ingredientes, con denominaciones técnicas o aditivos, suele indicar un alto grado de procesamiento. Sin embargo, la interpretación de esta información puede resultar compleja para los consumidores. En Argentina, la implementación del etiquetado frontal con sellos de advertencia busca mejorar el acceso a información nutricional. Esta política señala el exceso de azúcares, grasas y sodio en determinados productos, con el objetivo de facilitar decisiones informadas. Entorno familiar y formación de hábitos El entorno familiar cumple un rol central en la formación de hábitos alimentarios durante la infancia. La oferta de alimentos disponible en el hogar y las prácticas de los adultos responsables influyen en las preferencias y conductas de los niños. Especialistas destacan la importancia de la alimentación complementaria a partir de los seis meses como instancia clave para la incorporación de alimentos frescos. La exposición temprana a ultraprocesados puede condicionar la aceptación de alimentos no industrializados en etapas posteriores. También se señala que la socialización, el ámbito escolar y las actividades recreativas amplían la exposición a estos productos, lo que puede modificar hábitos adquiridos en el hogar. La alimentación en la infancia depende en gran medida de las decisiones de los adultos responsables, quienes determinan la oferta disponible. La incorporación de alimentos frescos debe comenzar en el ámbito doméstico. También es importante la coherencia en las prácticas familiares, ya que los hábitos se construyen a partir de la observación y la repetición. La exposición temprana a alimentos ultraprocesados puede condicionar las preferencias a largo plazo, por eso es necesario promover el consumo de frutas, verduras y legumbres desde edades iniciales. La incorporación temprana de productos industrializados en la dieta se vincula directamente con el aumento de enfermedades no transmisibles en la niñez, como obesidad y diabetes. “La gran oportunidad es cuando comienza la alimentación complementaria, a los 6 meses, cuando la que está sentada en la mesa no es la industria, sino mamá y papá: es el momento de crear hábitos y ofrecer alimentos reales. Si uno a ese niño le ofrece alimentos reales nunca va a elegir alimentos industrializados. El tema es que a veces uno puede hacer el mejor trabajo posible en casa pero cuando comienza a socializar, va al colegio y va a cumpleaños, el niño está expuesto a una cantidad de alimentos industrializados, lo que puede perjudicar los hábitos aprendidos en casa. Pero la gran oportunidad es a los 6 meses de edad cuando los padres ofrecen alimentos reales y no galletitas, bebidas azucaradas, etc”, enfatizó Vinderola. Por su parte, Kovalskys se mostró más a favor de “de regular que de prohibir, ya que eso en la infancia hace que sea más apetecible”. “Si yo genero un ambiente favorable, donde predomina la alimentación saludable y aparecen ocasionalmente alimentos industrializados, no hay problema. Está bien si se reduce a ese momento, a un cumpleaños, un evento social. Y hay que reforzar en ese sentido, en regular ese tipo de alimentos y no prohibirlos”, añadió. Políticas públicas y regulación Distintos países implementaron medidas orientadas a regular el consumo de alimentos ultraprocesados. Entre ellas se incluyen sistemas de etiquetado, restricciones a la publicidad dirigida a niños y programas de educación alimentaria. En Argentina, la Ley de Etiquetado Frontal establece la obligatoriedad de advertencias en productos con exceso de nutrientes críticos. Esta herramienta se complementa con recomendaciones de organismos de salud que sugieren limitar el consumo de ultraprocesados en la infancia. Especialistas también plantean la necesidad de mejorar el acceso a alimentos frescos y de fortalecer estrategias de educación nutricional en ámbitos escolares y comunitarios. En palabras del cardiólogo Jorge Tartaglione, “los ultraprocesados son alimentos que están modificados artificialmente con conservantes y químicos, que hace que sean mucho más ricos”, indicó, al tiempo que aseguró: “La industria lo sabe perfectamente”. En una reciente entrevista en el canal La Nación+, graficó la exposición constante a la que “Cuando vas al supermercado, te da una sensación de que te los querés comprar todos porque están bien presentados. Cuando los probás, generan una adicción, porque están alterados artificialmente con conservantes”. “Si comés una galletita de chocolate, no podés comer una sola. Generan una sensación en el paladar que, cuando la mordés, hace que te guste mucho más”, sostuvo. Perspectivas de investigación y abordaje La investigación sobre alimentos ultraprocesados continúa en desarrollo, con foco en los mecanismos biológicos, conductuales y sociales involucrados. Las líneas actuales incluyen el estudio del microbioma, la neurobiología de la alimentación y el impacto de los entornos alimentarios. En paralelo, se analizan intervenciones posibles desde el sistema de salud, incluyendo abordajes que combinan educación, acompañamiento psicológico y cambios en el entorno alimentario. El reconocimiento de patrones de consumo asociados a conductas adictivas introduce nuevas perspectivas en el análisis de la alimentación contemporánea. En este contexto, la evidencia disponible se orienta a comprender la complejidad del fenómeno y sus implicancias en la salud pública, en particular en la población infantil.