La margarina volvió al centro de la discusión alimentaria argentina después de que el Gobierno nacional eliminó controles históricos que habían regido durante casi 60 años para la elaboración de este producto.
La decisión abrió una nueva disputa sobre el modelo de regulación de alimentos: cuánto debe controlar el Estado, qué herramientas tiene para prevenir fraudes y cómo se garantiza que el consumidor reciba información clara.
El cambio quedó establecido a través de la Resolución 475/2026 del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), publicada el 2 de junio pasado en el Boletín Oficial.
La norma modificó el Reglamento de Inspección de Productos, Subproductos y Derivados de Origen Animal aprobado por el Decreto 4238/68.
En concreto, desarticuló requisitos específicos que durante décadas habían formado parte del esquema de fiscalización de margarinas.
Entre ellos, disposiciones vinculadas a la utilización de sustancias testigo, restricciones relacionadas con la elaboración en establecimientos y mecanismos pensados para detectar posibles adulteraciones.
Cambio de enfoque para la margarina
En los fundamentos de la resolución, el Senasa sostiene que la actualización responde a “los avances tecnológicos en la producción de alimentos” y que las condiciones actuales de elaboración permiten utilizar nuevas herramientas de control.
El organismo argumenta que esas exigencias fueron creadas para una industria diferente y que, debido a la evolución tecnológica, “ya no resultan necesarias” bajo los sistemas actuales de producción y fiscalización.
La postura oficial es que la medida no implica menos seguridad alimentaria, sino un cambio de enfoque: reemplazar controles considerados antiguos por sistemas basados en trazabilidad, auditorías, gestión de calidad y herramientas digitales.
Pero la discusión que quedó abierta apunta a entender qué pasa si desaparecen mecanismos históricos de verificación. Es decir, qué instrumentos tendrán ahora el Estado y la industria para detectar irregularidades y garantizar que el alimento sea exactamente lo que declara ser.
Mercado de grandes marcas
El debate se centra en un producto con una particularidad dentro de la industria alimentaria ya que tiene una presencia visible en las góndolas, pero detrás existe una cadena mucho más grande.
Además del consumo hogareño, las grasas vegetales son utilizadas como insumo por panificadoras industriales, fábricas de galletitas, productos de pastelería, gastronomía y elaboradores de alimentos procesados.
Por eso, el negocio involucra tanto marcas conocidas por el consumidor como empresas que participan en distintos eslabones de la cadena.
Entre los jugadores aparecen Dánica, una de las marcas históricas del segmento; Unilever, con participación en categorías de alimentos untables; y grupos como Molinos Río de la Plata, Aceitera General Deheza (AGD) y Bunge, vinculados al negocio de aceites, grasas vegetales e ingredientes alimentarios.
A nivel de retail, la margarina tiene una penetración baja en los hogares (inferior al 41%), siendo ampliamente superada por la manteca. Pero en las góndolas también compite duramente con aceites (girasol, oliva) y el aguacate (palta), ya que el consumidor busca alternativas naturales para untar.
En el segmento industrial (panadería y repostería), es considerada como el motor del negocio. Panaderías, fábricas de galletitas y productores de masas utilizan margarinas formuladas (como hojaldre y repostería) por su rendimiento, estabilidad térmica y menor costo frente a los lácteos.
En este segmento, la producción está fuertemente concentrada en empresas nacionales y procesadores de grasas, destacándose marcas y fabricantes como Calsa, Egramar (Bovigras, Margojaldre) y Ramgras.
Para la industria, la flexibilización regulatoria puede significar procesos más simples, menor carga administrativa y mayor capacidad para adaptar formulaciones y operaciones.
En un mercado donde pesan los costos de materias primas, logística y energía, cualquier reducción de trabas puede tener impacto económico.
Sin embargo, el debate no pasa solamente por eficiencia ya que la pregunta a responder es si una menor cantidad de exigencias específicas puede convivir con mayores niveles de control inteligente.
Producto bajo discusión
La controversia también está vinculada al propio producto debido a que la margarina fue durante años uno de los alimentos más cuestionados por especialistas en nutrición, principalmente por su relación con las grasas trans.
En el pasado, algunos procesos industriales utilizados para modificar aceites vegetales generaban grasas trans, asociadas con un aumento del riesgo cardiovascular.
Ese escenario llevó a una transformación de la industria. Los fabricantes reformularon productos y modificaron procesos para reducir esos componentes.
En la actualidad, las críticas tienen otro foco y los especialistas en nutrición advierten que muchas margarinas siguen formando parte del universo de alimentos ultraprocesados y que el análisis debe hacerse sobre la composición completa.
Es decir, sobre tipo de grasas utilizadas, ingredientes agregados, aditivos y frecuencia de consumo. La discusión ya no está sólo en si una margarina contiene o no un determinado componente, sino en qué lugar ocupa dentro de una alimentación saludable.
Argumentos a favor
Desde la industria sostienen que comparar las margarinas actuales con las de décadas atrás es incorrecto.
El argumento es que los procesos cambiaron, los controles internos mejoraron y las formulaciones fueron adaptándose a nuevas demandas de consumidores.
Además, algunos especialistas señalan que ciertos productos pueden tener perfiles diferentes frente a otras alternativas, dependiendo de la composición nutricional.
La industria plantea que las regulaciones deben acompañar esa evolución y no sostener herramientas diseñadas para una realidad productiva que cambió.
Críticas sobre trazabilidad y fraude
En la actualidad, el principal punto de preocupación de especialistas no está necesariamente en un riesgo sanitario inmediato, sino en la capacidad futura de control.
Los expertos explican que, en seguridad alimentaria hay dos conceptos diferentes: inocuidad y autenticidad. El primero, implica que un alimento no genere daño por contaminación. El segundo, significa que el producto sea realmente lo que dice ser.
Ahí aparece el problema del fraude alimentario: sustitución de ingredientes, cambios no informados en formulaciones o diferencias entre lo declarado en el envase y lo que efectivamente contiene el producto.
En este sentido, los analistas sostienen que la trazabilidad se vuelve una herramienta clave porque permite seguir el recorrido de un alimento desde la materia prima hasta el consumidor. Por eso, algunos especialistas sostienen que cuando se eliminan controles tradicionales, el desafío es demostrar qué mecanismos los reemplazan.
La conexión con el etiquetado frontal
El debate sobre la margarina también se conecta con otra discusión que atraviesa a la industria alimentaria argentina: el etiquetado frontal.
La Ley 27.642 obligó a incorporar sellos de advertencia en productos con excesos de azúcares, sodio, grasas y calorías, con el objetivo de mejorar la información disponible para los consumidores.
Ambas discusiones tienen un punto en común: el rol del Estado en la alimentación. Mientras algunos sectores sostienen que una regulación excesiva aumenta costos y limita la innovación, otros plantean que la información y los controles son herramientas indispensables para equilibrar la relación entre empresas y consumidores.
El nuevo escenario para la industria
A partir de la resolución del Senasa y de la eliminación de la obligación de contar con los famosos octógonos negros en las margarinas se abre un caso testigo del rumbo regulatorio que impulsa el Gobierno.
La apuesta oficial es avanzar hacia un esquema con menos normas específicas y más controles basados en tecnología.
En este sentido, la industria busca eficiencia y competitividad mientras que los consumidores se basan en la información y confianza.
El desafío será encontrar un equilibrio para que producir alimentos sea más simple, pero que la seguridad, la transparencia y la capacidad de fiscalización no pierdan peso.
Porque la discusión sobre la margarina, en realidad, es una discusión sobre algo mucho más grande: quién controla los alimentos y qué garantías tendrá el consumidor en la nueva etapa de la industria argentina.