Alerta en la Patagonia: detectan «químicos eternos» en más del 90% de los pingüinos analizados

Lo que parecía uno de los últimos refugios vírgenes del planeta está bajo una amenaza invisible. Un equipo internacional de investigadores logró transformar las rutas de navegación de los pingüinos de Magallanes en una herramienta de monitoreo ambiental. Mediante el uso de bandas de silicona no invasivas colocadas en sus patas, detectaron la presencia masiva de PFAS (sustancias perfluoroalquiladas), conocidos popularmente como «químicos eternos» por su nula capacidad de degradación en el ambiente.

El estudio, realizado con 54 ejemplares en la costa patagónica, reveló que estos compuestos —presentes en productos cotidianos como textiles impermeables y envases— han colonizado el ecosistema marino a gran escala. Lo más inquietante es que no solo se hallaron químicos «heredados» que ya están prohibidos, sino también nuevas variantes como el GenX, lo que demuestra que la contaminación viaja por corrientes marinas y la atmósfera, ignorando cualquier frontera geográfica.

Las bandas de silicona en las patas de los pingüinos actúan como colectores de contaminantes en el océano.

Sensores biológicos en movimiento

El uso de pingüinos como centinelas permite entender la exposición real en hábitats funcionales, algo que las estaciones de medición fija no logran captar. Al seguir sus rutas de alimentación y reproducción, los científicos obtuvieron un «recibo» detallado de la depredación ambiental química. Este método, además de ser escalable a otras especies como los cormoranes, evita el estrés de las extracciones de sangre, permitiendo una vigilancia constante de la salud del océano.

Más del 90% de los pingüinos analizados en la Patagonia presentaron restos de químicos industriales.

Un riesgo para la cadena alimentaria

La presencia de estos químicos en la fauna no es una anécdota científica; es un riesgo tecnológico y biológico. Estos compuestos pueden alterar el sistema inmunológico y la capacidad reproductiva de los pingüinos, sumando presión a una especie que ya sufre los efectos del cambio climático. Al ser parte de la cadena alimentaria, la acumulación de estos tóxicos se amplifica, poniendo en duda la pureza de los recursos hídricos y marinos que eventualmente llegan al ser humano. La era de los «lugares vírgenes» parece estar llegando a su fin frente a la persistencia de nuestra huella industrial.

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