La industria química multiplica las sustancias tóxicas mientras la ciencia desconoce sus efectos
La producción de sustancias químicas sintéticas creció durante el último siglo sin controles suficientes sobre sus consecuencias para la salud y el ambiente.
La expansión de la industria química dejó una herencia que todavía no se comprende en su totalidad. Hasta 2020 se habían registrado alrededor de 350.000 productos químicos sintéticos para su producción, pero la información disponible sobre sus efectos en la salud humana es escasa. En muchos casos, incluso se desconoce su composición debido a que las empresas mantienen esos datos bajo reserva comercial.
El problema no se limita a la falta de información. Durante décadas, numerosas sustancias llegaron al mercado sin evaluaciones suficientes de toxicidad y con controles que no siempre permitieron anticipar sus consecuencias. Los daños asociados a compuestos como la talidomida, el pesticida DDT y los bifenilos policlorados (PCB) exponen los riesgos de incorporar productos químicos a la vida cotidiana antes de conocer sus efectos a largo plazo.

“Solo contamos con datos fiables sobre los efectos en la salud de 30 o 40 de estos productos químicos”, advirtió Philip Landrigan, médico especializado en salud pública y director del Programa de Salud Pública Global y Bien Común del Boston College, en una entrevista con Mongabay.
La dimensión del problema contrasta con la limitada respuesta regulatoria. Según Landrigan, durante los últimos 50 años apenas un grupo reducido de sustancias químicas fue prohibido o restringido en el mercado estadounidense. Mientras tanto, la producción y el uso de nuevos compuestos continuaron extendiéndose en sectores industriales, productos de consumo y artículos domésticos.
“Lo compararía con un iceberg: se ve un poco de hielo sobre el agua, pero no sabemos cuánto hay debajo”, señaló el especialista para describir la incertidumbre científica que rodea a miles de sustancias.
Ante este escenario, distintos expertos reclaman un marco global de salud planetaria que permita evaluar los riesgos de los productos químicos y sus posibles impactos sobre las personas y los ecosistemas. La propuesta busca superar un modelo en el que la falta de evidencia sobre los daños puede convertirse, en la práctica, en una barrera para prevenirlos.
Los plásticos y sus aditivos químicos representan un riesgo creciente para la salud
Los plásticos son uno de los ejemplos más visibles de la expansión de sustancias sintéticas sin una evaluación integral de sus consecuencias. Su presencia en envases, alimentos, productos de higiene, textiles y objetos de uso cotidiano hace que la exposición sea difícil de evitar.
Durante años, el debate sobre la contaminación por plásticos se concentró principalmente en sus efectos sobre los océanos, los suelos y la fauna. Sin embargo, la evidencia científica también apunta a posibles consecuencias para la salud humana, tanto por las partículas que se desprenden de estos materiales como por los compuestos químicos que contienen.
A los riesgos asociados con los propios plásticos se suman los de sus aditivos. Se utilizan más de 16.000 sustancias químicas diferentes en su fabricación y, según los datos citados por los investigadores, aproximadamente una cuarta parte podría presentar características peligrosas.
Estos compuestos no permanecen necesariamente dentro de los materiales. Pueden liberarse durante su uso, degradación o eliminación, dispersarse en el ambiente y entrar en contacto con las personas a través de distintas vías de exposición.
“Los miles de productos químicos que contienen los plásticos no se quedan en ellos. Entran en el organismo de las personas y pueden causar enfermedades”, explicó Landrigan.
La preocupación abarca sustancias como los bisfenoles, los ftalatos, los PCB, los éteres difenílicos polibromados y las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS). Estos compuestos se utilizan en diferentes aplicaciones industriales y comerciales, y algunos están asociados con los procesos de fabricación de plásticos o con sus propiedades.
Una actualización publicada en julio de 2026 por el proyecto internacional PlasticHealthAware recopiló resultados de 6.841 metaanálisis sobre los efectos en la salud de estas cinco clases de sustancias químicas.

La evidencia analizada identificó asociaciones consistentes con alteraciones en distintos sistemas del organismo, incluidos el cerebro, la tiroides, el sistema cardiovascular, los riñones, los huesos y el sistema inmunitario. También encontró vínculos con problemas de fertilidad y un mayor riesgo de diabetes tipo 2, cáncer y obesidad.
Los resultados refuerzan la necesidad de evaluar los compuestos químicos en función de sus posibles efectos acumulativos y de las distintas formas en que las personas entran en contacto con ellos. No obstante, la evidencia disponible varía según la sustancia y el efecto estudiado, por lo que los investigadores continúan examinando los mecanismos y las consecuencias de la exposición.
Otro motivo de preocupación son los microplásticos y nanoplásticos, partículas diminutas que se generan cuando los materiales se fragmentan. Estas partículas pueden ingresar al organismo a través de los alimentos y el aire, mientras que los aditivos que contienen pueden liberarse durante ese proceso.
Su pequeño tamaño plantea interrogantes sobre su capacidad para atravesar barreras biológicas y alcanzar distintos tejidos. La investigación estudia su posible llegada a órganos y estructuras como el cerebro y la placenta, así como sus consecuencias para el desarrollo, la fertilidad y el envejecimiento.
El alcance de la exposición vuelve especialmente relevante la falta de información sobre muchos de los compuestos presentes en los productos cotidianos. Sin datos suficientes sobre su toxicidad, resulta difícil determinar qué combinaciones de sustancias representan mayores riesgos y qué medidas de prevención deberían priorizarse.
Las sustancias químicas persistentes pueden afectar la salud desde el embarazo
Entre los compuestos que generan preocupación se encuentran las PFAS, conocidas como sustancias químicas persistentes por su resistencia a degradarse. Se utilizan en numerosos productos, incluidos envases de alimentos, utensilios de cocina y pinturas, y su presencia extendida dificulta reducir la exposición.
Distintas investigaciones relacionaron estos compuestos con problemas de salud, entre ellos la enfermedad inflamatoria intestinal. Además, estudios recientes comenzaron a aportar evidencia sobre las posibles consecuencias de la exposición durante el embarazo y los primeros días de vida.
Una investigación publicada en 2026, dirigida por Manasi Agrawal, profesora asociada de medicina en la Escuela de Medicina Icahn del Monte Sinaí y gastroenteróloga del Hospital Mount Sinai, detectó PFAS en muestras de sangre de mujeres embarazadas y sus bebés recién nacidos en Nueva York y Ciudad de México.
El hallazgo demuestra que estas sustancias pueden estar presentes tanto en las madres como en sus hijos desde las primeras etapas de la vida. “Existe una internalización de sustancias químicas PFAS por parte de las madres y los bebés”, explicó Agrawal en una entrevista con Mongabay.
Los investigadores también observaron que los niños con mayores niveles de exposición a PFAS durante el embarazo y los primeros días después del nacimiento tendían a presentar concentraciones más elevadas de calprotectina durante la infancia. Esta proteína se utiliza como indicador de inflamación intestinal.
El estudio no siguió la evolución de la salud de los participantes hasta la edad adulta, por lo que sus resultados no permiten afirmar que la exposición provoque necesariamente una enfermedad en etapas posteriores. Sin embargo, investigaciones anteriores relacionaron los niveles elevados de calprotectina durante la infancia con un mayor riesgo de desarrollar enfermedad inflamatoria intestinal en la adultez.
La exposición temprana resulta especialmente relevante porque ocurre durante períodos de desarrollo en los que el organismo puede ser más vulnerable a determinados agentes químicos. Por eso, identificar estas sustancias en madres y recién nacidos plantea interrogantes sobre la capacidad de los sistemas de control para prevenir riesgos antes de que aparezcan sus consecuencias.
El problema también excede el ámbito sanitario. La presencia extendida de sustancias persistentes en productos de consumo y en el ambiente obliga a revisar los criterios con los que se autoriza su fabricación, comercialización y utilización. Cuando un compuesto se dispersa ampliamente y permanece durante largos períodos, reducir la exposición puede convertirse en un desafío que requiere medidas coordinadas entre países.
La falta de información sobre miles de sustancias químicas deja en evidencia una limitación estructural del modelo actual. Mientras la industria incorpora nuevos compuestos a sus procesos y productos, la investigación científica debe avanzar para determinar cuáles son sus efectos y qué medidas pueden reducir los riesgos.















