Por qué hay cada vez menos arena en la costa atlántica
Cambio climático, tormentas más intensas y obras mal planificadas explican por qué la arena desaparece año tras año.
Las playas de la costa atlántica argentina atraviesan un proceso silencioso pero persistente: año tras año, pierden arena. En ciudades como Mar del Plata, Villa Gesell, Pinamar o Monte Hermoso, el retroceso de la línea costera ya no es solo una percepción de turistas y vecinos, sino un fenómeno medible que preocupa a científicos, autoridades y al sector turístico. Detrás de este problema confluyen causas naturales y, sobre todo, la acción humana.

La arena es un recurso dinámico. Se mueve con las corrientes, el oleaje y el viento, y su equilibrio depende de múltiples factores. Cuando ese sistema se altera, la playa deja de regenerarse al ritmo necesario y comienza a desaparecer.
El impacto del cambio climático y las obras humanas
Uno de los factores centrales es el cambio climático. El aumento del nivel del mar, asociado al calentamiento global, genera mareas más altas y un mayor impacto del oleaje sobre la costa. A esto se suman tormentas cada vez más frecuentes e intensas, que aceleran los procesos de erosión y arrastran grandes volúmenes de arena mar adentro.
Sin embargo, los especialistas coinciden en que la actividad humana tiene un peso decisivo. La construcción de puertos, escolleras y espigones modifica las corrientes naturales que transportan sedimentos a lo largo de la costa. Estas obras suelen proteger un sector puntual, pero provocan déficit de arena en playas cercanas, que quedan “a la sombra” del flujo natural de sedimentos.
La urbanización costera también juega un rol clave. Edificaciones demasiado cercanas al mar, la eliminación de médanos y la fijación artificial de dunas reducen la capacidad natural de la playa para adaptarse a los cambios. Los médanos funcionan como reservas de arena: cuando se los destruye o se los inmoviliza, el sistema pierde su capacidad de recuperación.
Consecuencias económicas y posibles soluciones
La pérdida de arena no es solo un problema ambiental. Tiene un impacto económico directo. Playas más angostas reducen el atractivo turístico, afectan la actividad comercial y obligan a los municipios a invertir sumas millonarias en obras de defensa costera. En algunos casos, estas soluciones son temporales y terminan agravando el problema a largo plazo.
Una de las estrategias más utilizadas es el relleno artificial de playas, que consiste en trasladar arena desde el fondo marino u otras zonas. Si bien puede ofrecer resultados visibles en el corto plazo, es costosa y requiere mantenimiento constante. Además, si no se atacan las causas de fondo, la arena vuelve a perderse.
Entre las alternativas que ganan consenso aparece la gestión costera integrada, que propone planificar el desarrollo urbano teniendo en cuenta la dinámica natural del litoral. Esto incluye limitar construcciones en zonas críticas, restaurar médanos y priorizar soluciones basadas en la naturaleza, como la recuperación de sistemas dunares. La disminución de arena en la costa atlántica es una señal de alerta. Entender sus causas y adoptar políticas de largo plazo será clave para preservar uno de los principales patrimonios naturales y económicos del país.

Respaldo científico del retroceso de las playas
La percepción de playas cada vez más angostas tiene respaldo científico. “La sensación no es un espejismo”, aseguró el geólogo Federico Isla, doctor en Ciencias Naturales e investigador del CONICET, al explicar que la pérdida de arena responde a una combinación de factores naturales y humanos. En diálogo con el programa Hora Pico, por La Brújula 24, señaló que el cambio climático, el aumento de la temperatura del agua y la mayor frecuencia de tormentas intensas están acelerando procesos de erosión que antes eran más lentos y localizados.
Según Isla, el impacto de estos fenómenos se extiende a lo largo de buena parte del litoral atlántico. “El aumento de sudestadas y temporales del sur generó erosión desde el norte de Chubut hasta el Partido de la Costa”, afirmó, y mencionó efectos visibles en localidades como Monte Hermoso, Pehuen Co y Claromecó. A ese escenario se suma, advirtió, el uso inadecuado de defensas costeras: “Muchas veces se opta por poner piedras o acorazar dunas para proteger propiedades, pero eso frena la erosión en un punto y la agrava en la playa, que pierde arena”. Para el especialista, el deterioro del recurso natural termina impactando de lleno en la actividad turística.
El avance de balnearios y paradores es otro factor que requiere mayor regulación. Isla aclaró que el problema no es solo la ocupación, sino la falta de control por parte de los municipios. “Si la playa se achica, también debería achicarse la zona concesionada”, sostuvo, y recordó que corresponde a las autoridades locales definir el ancho de los pasillos, la cantidad de carpas y el espacio público disponible. De cara al futuro, fue contundente sobre las posibles soluciones: “Si falta arena, hay que poner arena”. En ese sentido, planteó la necesidad de repoblamientos planificados, con estudios de impacto ambiental y participación de la Provincia, ya que “si no se hace nada, el problema va a seguir creciendo”.















