Un estudio reveló que las toxinas y el cambio climático podrían disminuir la fertilidad

Durante décadas, la ciencia analizó los riesgos de la contaminación química y los peligros del calentamiento global como problemas separados. Sin embargo, un nuevo análisis publicado en abril de 2026 cambia este paradigma. Un equipo liderado por la profesora Susanne Brander, de la Universidad Estatal de Oregón, revisó más de 177 estudios previos para demostrar que estos dos factores no operan de forma aislada, sino que actúan juntos multiplicando su impacto negativo.

El peso de la evidencia

El estudio cuenta con el respaldo de voces autorizadas en la materia. Entre los coautores se encuentra Shanna Swan, una epidemióloga reconocida mundialmente por su trabajo en 2017, donde demostró que los niveles de esperma en hombres de países occidentales se habían desplomado más de un 50% en apenas cuatro décadas. La inclusión de Swan en esta nueva investigación le otorga un peso significativo a la advertencia: no estamos ante un fenómeno pasajero, sino ante una crisis estructural.

Los disruptores endocrinos y las altas temperaturas actúan como un multiplicador de daño sobre la salud reproductiva global.

¿Cómo funciona este «combo» tóxico?

La investigación detalla cómo la combinación de factores ambientales y químicos crea una «tormenta perfecta»:

  • Disruptores endocrinos: Son químicos presentes en plásticos y productos de consumo diario (como los PFAS, bisfenoles y ftalatos). Estos actúan como «impostores hormonales», alterando el funcionamiento básico del sistema reproductivo.
  • El estrés térmico: El cambio climático, con sus olas de calor y temperaturas globales en aumento, afecta la biología de las especies. En muchos casos, esto daña la calidad del esperma o, en especies como reptiles y peces, altera la determinación del sexo de las crías.

La doctora Brander, autora principal del estudio, fue contundente: «No estás expuesto a un solo factor, sino a dos al mismo tiempo, y el impacto es un poco peor». La experta explica que, aunque cada uno de estos problemas ya era peligroso por sí solo, cuando se combinan, actúan de forma «aditiva» o multiplicadora, acelerando el declive de la fertilidad.

El estudio de la Universidad Estatal de Oregón expone que la crisis de fertilidad es un síntoma del impacto combinado del modelo de consumo industrial y el cambio climático.

Una advertencia sistémica

El estudio no solo se limita a los humanos. La revisión de los 177 trabajos científicos muestra que este fenómeno afecta a toda la cadena biológica, desde invertebrados hasta grandes mamíferos. Katie Pelch, científica del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (NRDC), quien no participó del estudio pero analizó sus resultados, destacó la calidad de la investigación y coincidió en la premisa: aunque los mecanismos de daño puedan ser distintos, el efecto conjunto es, a todas luces, «alarmante«.

La conclusión de los expertos es que esta crisis de fertilidad es un síntoma de un modelo de producción y consumo que está llegando a sus límites. La solución, plantean, no vendrá de una sola medida, sino de un enfoque sistémico que combine una regulación estricta sobre los químicos industriales —como ocurrió históricamente con el DDT— y una acción decidida para frenar la crisis climática global.

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