El mercado de las aplicaciones de citas ha experimentado una transformación estructural en su modelo de negocio, mutando de herramientas diseñadas para facilitar los encuentros interpersonales a convertirse en engranajes de retención basados en la insatisfacción constante.
Lo que originalmente surgió en los inicios de internet como un intento de conectar personas compatibles mediante afinidades profundas, ha derivado en un sistema donde los estímulos están programados intencionalmente para inducir un consumo perpetuo.
El tecnólogo y autor Santiago Bilinkis analizó esta evolución en sus redes sociales, y señaló que la primera plataforma masiva del sector, OkCupid, basaba su propuesta en formularios detallados de más de 100 preguntas destinadas a evaluar la compatibilidad de los usuarios. Sin embargo, el rechazo de las audiencias a completar estos registros forzó una simplificación drástica del sistema.
El comportamiento de consumo decantó en un filtrado puramente estético: “Entonces algo que nació muy idealista, muy pensando en el amor romántico fue degradándose por sí solo por la actitud de los propios usuarios, que lo único que miraban era la foto”, puntualizó el especialista.
El sistema oculto de “castas estéticas”
Con la consolidación de Tinder, el mecanismo de emparejamiento abandonó definitivamente las afinidades electivas para adoptar una métrica de atractivo basada exclusivamente en el comportamiento del usuario. La plataforma comenzó a asignar una puntuación secreta e interna a cada perfil en función de variables automatizadas, como el tiempo de permanencia de terceros observando las imágenes o la tasa de aprobación (desplazamientos hacia la derecha).
Este puntaje, invisible para el público, determinaba un esquema de segmentación estricto. “La consecuencia de eso era bastante perversa”, advierte Bilinkis respecto a este funcionamiento.
“Porque si bien siempre fue cierto que en el boliche el más feo no se iba con la más linda, por lo menos iban al mismo boliche. A partir de este momento ya los feos y los lindos ni se veían. Armaron un sistema de castas donde los lindos se ven con lindos y los feos se ven con feos”. Esta lógica algorítmica implicaba una realidad incómoda para los usuarios de la red de citas: el tipo de perfiles que la aplicación les mostraba en pantalla funcionaba como un reflejo directo del nivel de atractivo que el propio sistema les había asignado de forma automatizada detrás de escena.
El negocio de la búsqueda perpetua: por qué el amor no es rentable
Aunque estas plataformas se promocionen bajo la promesa de encontrar la pareja ideal, la optimización de sus algoritmos responde a una lógica financiera diametralmente opuesta. Para las empresas desarrolladoras, el éxito afectivo del usuario representa una pérdida directa en su cartera de clientes.
“Pensalo de esta manera: si vos sos cliente de la app de citas y conseguís pareja, dejas de ser cliente de la app de citas”, detalla Bilinkis sobre la contradicción estructural del sistema. “Entonces, el negocio de la app de citas no es que encuentres, es que busques perpetuamente”. El objetivo corporativo mutó progresivamente hacia la etapa del engagement permanente, donde la gratificación se traslada del encuentro real al propio acto de desplazar perfiles en la pantalla. Así, las aplicaciones se transformaron en variantes de consumo adictivo similares a Instagram o TikTok, diseñadas para generar una expectativa constante que rara vez se concreta en la realidad.
Esta dinámica de consumo masivo no solo retiene al usuario, sino que transformó los códigos de vinculación social, volviendo a las personas mucho más descartables bajo un criterio puramente estético. Además, la falta de redes de contacto preexistentes o amigos en común en estos entornos digitales dio origen al auge de conductas lesivas como el ghosting (la interrupción abrupta de la comunicación sin explicaciones). Al no existir un entorno social compartido que actúe como regulador, el costo reputacional de desaparecer es nulo, facilitando dinámicas de deshumanización e histeriqueo virtual que terminan por frustrar a los usuarios.
La frustración de los usuarios y la nueva frontera de la IA
La consecuencia directa de priorizar el negocio por sobre las relaciones humanas ha comenzado a pasarle factura a las propias plataformas. En la actualidad, una proporción significativa de usuarios está abandonando estas herramientas debido a que la experiencia de navegación se ha vuelto deficiente y desgastante, reduciéndose a interacciones virtuales que rara vez trascienden el chateo superficial.
Frente a este escenario de deserción y descontento, el mercado tecnológico ha comenzado a moldear una nueva y polémica vertiente comercial: el desarrollo de plataformas para diseñar parejas personalizadas mediante Inteligencia Artificial. Estas páginas permiten a los consumidores configurar perfiles inexistentes —eligiendo desde rasgos físicos específicos hasta patrones de conducta— con el único fin de mantener conversaciones, intercambiar imágenes y sostener vínculos afectivos o eróticos programados a la medida del usuario.
Esta última tendencia no solo profundiza el aislamiento social, sino que consolida el núcleo de la denuncia expuesta por los especialistas: un modelo donde los estímulos digitales no están diseñados para el bienestar del consumidor, sino para inducir conductas adictivas y capitalizar la soledad a través de la pantalla.