Lo vio en Europa y lo replicó en Lomas de Zamora: un castillo oculto entre calles empedradas
En el corazón de Lomas de Zamora, entre calles empedradas y casas tradicionales del conurbano bonaerense, existe una construcción que rompe con el paisaje urbano: un castillo que parece sacado de una postal europea.

El edificio se encuentra en la intersección de Castelli y San Martín, y desde hace décadas despierta la curiosidad de vecinos y visitantes que pasan por la zona. Sus torres, su estilo particular y su historia lo convirtieron en uno de los rincones más llamativos del distrito.
Para muchos lomenses, este castillo forma parte de sus recuerdos de infancia. Una de ellas es Graciela Castelli, vecina de la zona, quien todavía conserva en la memoria las imágenes de aquel edificio que observaba todos los días desde su casa.
«Cuando era una niña recuerdo que salía a jugar al patio y veía el castillo, me encantaba. Me da mucha nostalgia porque, justamente, lo relaciono con mi infancia, mis padres y mi hermano», relató Graciela, quien hoy trabaja como escribana y tiene su oficina en la calle Castelli 739.
El origen del castillo de Lomas de Zamora
Detrás de esta curiosa construcción se encuentra la historia de Antonio Resano, el hombre que decidió construir un castillo en pleno conurbano bonaerense después de un viaje por Europa.

Según recuerda la vecina, el origen de la idea fue tan simple como romántico: durante un viaje al Viejo Continente, Resano quedó fascinado con una fortaleza que vio allí y decidió replicarla en su propio terreno en Lomas de Zamora.
«Me daba intriga saber qué era. Mi mamá nos explicó a mí y a mi hermano que el dueño, Antonio Resano, estuvo en Europa y se había enamorado de un castillo, entonces trajo en su cabeza la idea de replicarlo en este terreno», contó Castelli.
De esa inspiración nació el edificio que todavía hoy llama la atención en la esquina de Castelli y San Martín.
Cómo era el interior del castillo
Pocas personas tuvieron la oportunidad de conocer el interior del castillo cuando estaba habitado. Una de ellas fue justamente Graciela, quien tenía apenas seis años cuando entró por primera vez.
Su madre trabajaba aplicando inyecciones al dueño del lugar, que atravesaba problemas de salud. Gracias a esa circunstancia, ella y su hermano pudieron recorrer parte de la propiedad.
«Mi mamá le aplicaba inyecciones al dueño porque estaba enfermo y con mi hermano íbamos, éramos muy curiosos. Se me viene a la mente el mármol que había en el castillo, era hermoso», recordó.
La construcción incluía distintos espacios, entre ellos una cocina y una cochera destinada a carros, algo habitual en aquella época.

La familia que vivió en el castillo
Antonio Resano estaba casado con Enriqueta Fea, una mujer considerablemente más joven que él. Juntos tuvieron dos hijos y durante años vivieron en el castillo.
Según cuenta la vecina, uno de los hijos era amigo de su hermano y eso también le permitió conocer un poco más de cerca la vida dentro de la propiedad.
«La menor era amiga de mi hermano y nos invitaban a los cumpleaños», recordó.
Sin embargo, con el paso del tiempo la historia del castillo comenzó a cambiar.
Un proyecto que nunca llegó a terminarse
Tras la muerte de Antonio Resano, el castillo nunca pudo terminarse tal como su creador lo había imaginado. La propiedad pasó a manos de la familia, que comenzó un proceso de división de bienes.
Parte del terreno y de las instalaciones fueron vendidas legalmente a distintos vecinos de la zona. Con el tiempo, algunos sectores del castillo se transformaron en departamentos que todavía hoy forman parte del complejo.
Para Graciela, algunos de esos espacios estaban destinados originalmente a la servidumbre que trabajaba en la casa.
El misterio sobre el destino del castillo
Con los años, la familia que había habitado el castillo se fue alejando del lugar. El hijo de la pareja se mudó al exterior y la administración de la propiedad pasó a otras manos.
«El hijo de la pareja se casó y se fue a Estados Unidos. Inmediatamente la madre también viajó y la administración quedó en manos de un hermano de Enriqueta, muy buena persona», explicó la vecina.
Tiempo después, esa administración cambió nuevamente.
Según su relato, un sobrino de la familia regresó al país y decidió entregar la gestión del lugar a una inmobiliaria. Sin embargo, esa etapa tampoco resultó exitosa.
«Empezaron a haber inquilinos que usurpaban el lugar, hasta que ya no hubo más presencia de la familia», señaló.
Hoy, el destino de los herederos sigue siendo una incógnita.
«Ya falleció Enriqueta y también sus hijos. Quién sabe dónde estarán los nietos y las nuevas generaciones», reflexionó Graciela.
Mientras tanto, el castillo continúa en pie en Lomas de Zamora, rodeado de calles tranquilas y de historias que aún sobreviven en la memoria de los vecinos que crecieron viéndolo todos los días.















