Más allá de ser el condimento básico de la cocina mundial, la sal de mesa se ha convertido en un vehículo inesperado de contaminación sintética. Investigaciones recientes confirman que el 90% de las marcas analizadas a nivel global contienen microplásticos, pequeñas partículas de polímeros que ingerimos a diario y que plantean un desafío sin precedentes para la seguridad alimentaria y el equilibrio del sistema endocrino.