BC nació en 1986, como lo indican sus siglas, como la línea de “bajas calorías” de La Campagnola (hoy parte del portfolio de Arcor). Y así se sigue posicionando cuarenta años después.
“Si es bajas calorías, que no se note” era el guiño en sus publicidades. Gracias a la Ley de Etiquetado Frontal, lo que sí se nota es lo que expresa el octógono negro de “Exceso en azúcares” bien claro en el frente del envase. Sin ese sello, toda la apariencia de la mermelada daría un efecto unívoco de salud: su fondo verde, el dibujo de frutas, la tipografía liviana y la leyenda al pie: “reducida en calorías”.
Con el agravante del propio nombre: la sigla BC estampada como un sello de bienestar. El producto comunica salud por todos sus medios, mientras que su composición real está lejos de ameritarlo. “La evidencia señala a los claims nutricionales como elementos que generan un “halo de salubridad” y que su convivencia (sellos y claims) genera confusión en las y los consumidores”, explica Ignacio Porras, nutricionista (MN 7270) y director ejecutivo de la Fundación Sanar.
“La ley 27.642 en su texto original, tal como fue aprobado, prohíbe la presencia de cualquier tipo de claim nutricional en productos con al menos un sello de advertencias. En diciembre de 2024, la ANMAT publicó la disposición 11362/2024 que permitió a las empresas volver a poner claims nutricionales, limitando solo aquellos que se relacionan estrictamente con el sello de advertencia que lleven. Así tenemos mermeladas como éstas, que se dicen reducidas en calorías o light (incluso cuando la reducción no es suficiente como para que el producto resulte sin excesos). En envases de jugos en polvo, por ejemplo, también conviven sellos de azúcares y leyendas precautorias de edulcorantes con claims de “fuente de vitamina C”, agrega.
Definitivamente, esto genera confusión y permite al producto enaltecer un supuesto beneficio que degrada el poder de la advertencia sanitaria”, concluye Porras, aludiendo al Artículo 9° de la ley, que prohíbe que un producto con algún sello porte mensajes destacando cualidades positivas, para prevenir la confusión en el consumidor.
De qué está hecha la BC
La lista de ingredientes del sabor frutilla de mermelada BC indica, en orden de cantidad: frutillas, azúcar, agua, gelificante pectina, acidulante ácido cítrico, espesante goma xántica, colorante carmín (INS 120), conservador benzoato de sodio, conservador sorbato de potasio y antiespumante INS 900.
Lo más llamativo es que, tal como advierte el sello, es un producto alto en azúcar: aporta 35 g cada 100 g, 6,7 g por porción. 6,2 de ellos son azúcares añadidos, es decir, no provienen de la fruta. Esto es casi idéntico, por ejemplo, a la confitura de frutillas artesanal de la marca RapaNui, que aporta incluso 6,4 azúcares por misma cantidad, sin promocionarse de ningún modo como saludable o light. ¿La diferencia? Simple y clara: dilución y aditivos.
Dos cuestiones saltan a la vista. La primera es el agua como tercer ingrediente de la mermelada BC: el producto está diluido respecto de lo que el consumidor imagina cuando compra “mermelada de frutilla”, con una baja concentración de la fruta que exhibe la etiqueta (frutillas jugosas, colores intensos). La segunda es que la reducción de azúcar exige un refuerzo tecnológico notorio para sostener la textura: no alcanza con la pectina sola, hace falta sumar goma xántica como para compensar lo que el azúcar aportaba de cuerpo y viscosidad.
“La goma xántica es un aditivo espesante y gelificante. Se usa ampliamente en la industria alimentaria”, explica Porras y detalla: “Su consumo, en personas susceptibles, puede generar algunas molestias gastrointestinales y cuando su consumo es muy elevado (más de 15 g por día) puede generar diarreas y mayores molestias intestinales. Se supone que ningún producto alcanza estos valores, pero a su vez está en cada vez más productos. La ingesta diaria y sus efectos estará condicionada no por un consumo aislado, sino por un patrón alimentario que la incluya a través de postres, yogures, sopas, jugos, helados, batidos, amasados, quesos fundidos, cremas, algunos embutidos, etc”.
El uso combinado de benzoato de sodio y sorbato de potasio, dos conservadores autorizados y de uso extendido en la industria alimentaria, también se debe al agregado de agua.
Adriana Contarini, licenciada en Tecnología de alimentos, explica que una confitura tradicional, incluso de circulación comercial regulada, puede contener solamente azúcar y fruta de manera normal y segura, sin utilizar ninguno de ellos. En muchos casos se utiliza uno solo, ya que el azúcar actúa como conservante natural al reducir el agua disponible para microorganismos. Al bajar el azúcar y aumentar el agua, el producto pierde parte de esa protección natural y necesita un doble refuerzo químico para sostener la vida útil y la seguridad microbiológica.
Los aditivos están aprobados dentro de los límites regulatorios y son seguros. Pero en pos de un dulce más saludable, el consumidor adquiere sin darse cuenta un producto con más conservantes y también, por el mismo motivo, con colorantes que no son necesarios en las versiones clásicas.
La mermelada de frutillas BC lleva colorante Carmín (INS 120) para verse parecida a las demás. Que necesite ese aditivo es, otra vez, consecuencia directa de la formulación. El agregado de agua en una cocción con menos azúcar impide la reacción de pardeamiento responsable del rojo intenso que asociamos a una buena mermelada de frutilla, razona Contarini. El camino de la góndola verde lleva a un consumo más ultraprocesado: el colorante INS 120, que ha llamado la atención de los profesionales de la salud por casos de urticaria y alergia, incluso graves. Mientras tanto, el agregado de agua, aditivos y espesantes sin renunciar al azúcar permite a la industria modificar la fórmula de la mermelada con un factor clave en mente: un costo de elaboración bajo.
Además, los alimentos bajo el “halo de salubridad” conllevan un problema casi paradójico: el riesgo de comer “sano” de más. Cuando un producto se percibe como “bajo en calorías”, es común que el consumidor relaje el control de porción, asumiendo que puede comer más cantidad sin consecuencias. Los mensajes de la etiqueta terminan funcionando como permiso para un consumo mayor al que se haría frente al producto convencional, cuando no dejamos de estar frente a un ultraprocesado, con exceso de azúcar y lleno de aditivos.
“Este tipo de productos no deben ser parte del patrón alimentario de las personas. Un consumo eventual no traerá problemas, incorporarlo en la alimentación diaria, sí. En estos casos, está bueno siempre recordar otras estrategias, darle la oportunidad a la infinidad de untables que podemos hacer en casa con vegetales, con legumbres o con la combinación de ambos. También podemos hacer peras y manzanas asadas, recuperar su pulpa, mixearla y untar ese puré de frutas sobre aquello que queramos untar”, propone Porras.
En mayo de 2026 el Gobierno nacional envió al Congreso un proyecto para derogar por completo la Ley 27.642, actualmente en tratamiento en el Senado. Sociedades científicas como la Sociedad Argentina de Cardiología y especialistas de universidades públicas se pronunciaron en contra, calificando la derogación como un “retroceso sanitario”. Si esa derogación prospera, un producto como esta mermelada BC dejaría de estar obligado a mostrar el octógono de exceso de azúcares en su frente, y toda la comunicación de marca -el packaging, la sigla, la leyenda “reducida en calorías”- quedaría sin ningún contrapeso visual obligatorio que le recuerde al consumidor que, pese a todo, sigue siendo un producto con más azúcar de la recomendable.
“La desinformación de la gente es un gran negocio para la industria alimentaria”, reflexiona Porras, desde SANAR. Y suma: “De acuerdo a la evidencia, la sola presencia de los sellos ha provocado cambios en las decisiones de compras de yogures y gaseosas en más de un 60% y en galletitas en más de un 50%. La reducción del consumo de estos productos no solamente disminuye el consumo en exceso de nutrientes críticos, sino también la exposición a los aditivos que acompañan esos diseños. Sin duda los sellos sirven, de acuerdo a la evidencia, para tomar mejores decisiones. También han llevado a que la industria genere nuevas alternativas, con mejor perfil nutricional, y han sido una herramienta muy útil tanto para cuidadores de niños y niñas como para adultos mayores, que ya tienen una enfermedad diagnosticada. Los sellos les permiten saber que comprar y que mejor dejar en la góndola”.