Hace pocos días, la influencer Sofía Gonet, conocida como “La Reini”, contó en redes que se había inyectado retatrutida durante una etapa de entrenamiento físico exigente, buscando acelerar resultados. Según su propio relato, tomó la decisión sin saber bien qué se estaba aplicando. Horas después empezaron los síntomas, y llegó a temer por su vida. El testimonio de Gonet sobre la retatrutida es sólo algo más de espuma sobre una ola enorme producida por los péptidos, como la semaglutida (Ozempic) y otros que se confunden con ella, más nuevos, desconocidos y sobre todo: aún no aprobados para su uso en pacientes regulares.
El fenómeno no es exclusivamente argentino: ya hay alertas sanitarias de Brasil y Paraguay por el mismo fármaco, y en la Triple Frontera hubo decomisos de inyectables que se presentaban como retatrutida. Este se consigue en Argentina a través de sitios web y redes sociales pese a que todavía no tiene aprobación de ninguna agencia regulatoria del mundo, incluyendo a ANMAT. La médica Florencia Dafne Raele señala que en la calle ya se puede encontrar con facilidad: “No podrías conseguirla en farmacia. Pero hay todo un mercado negro y hoy en día mucha gente está usando retatrutida. Se está ofreciendo sin receta. Los laboratorios magistrales también importan materia prima y venden preparados con sustancias que no están aprobadas, y es ilegal lo que están haciendo. En Estados Unidos esto es peor, en redes los influencers y los coaches están vendiendo y enviando péptidos a domicilio prácticamente”.
Retatrutida y péptidos para adelgazar se venden sin aprobación sanitaria
Los péptidos son cadenas de aminoácidos, los ladrillos que forman las proteínas, que actúan como señales biológicas. No son de por sí sustancias clandestinas o experimentales. Bajo esa definición entra tanto un compuesto de dudosa procedencia comprado por Instagram como la semaglutida, el principio activo de Ozempic y Wegovy, uno de los fármacos más recetados y estudiados de la última década.
La semaglutida es un análogo del GLP-1, una hormona que el propio intestino produce naturalmente para regular el apetito y la glucemia. Es, en rigor, una versión modificada de esa hormona: comparte alrededor del 94% de su secuencia de aminoácidos con el GLP-1 humano, con algunos cambios puntuales (entre ellos, una cadena de ácido graso que le permite unirse a la albúmina de la sangre) que prolongan su duración en el organismo de los pocos minutos que dura el GLP-1 natural a casi una semana: eso habilita la inyección semanal en lugar de una infusión continua.
Hay tres fármacos que generan mucho debate científico actual con un parentesco directo:
- Semaglutida (Ozempic, Wegovy): actúa sobre un solo receptor, el de GLP-1. Aprobada por la FDA para diabetes en 2017 y para control de peso en 2021.
- Tirzepatida (Mounjaro, Zepbound): agonista doble, suma el receptor de GIP al de GLP-1. Ya aprobada y en el mercado.
- Retatrutida: agonista triple, suma además el receptor de glucagón. Es la más nueva de las tres y la única que todavía no salió de la fase experimental.
Más que tres drogas diferentes, son generaciones sucesivas de una misma familia farmacológica, cada una sumando un blanco molecular más sobre la anterior. Cuando se ofrece retatrutida como péptido en redes, se está diciendo la verdad sobre la naturaleza química del producto. Ozempic también lo es. Pero si ese fármaco fue aprobado, estudiado y controlado como Ozempic, o si es una promesa que se vende sin respaldo científico ni seguridad para el paciente, es otra cuestión.
Qué se sabe sobre la retatrutida y sus riesgos
La retatrutida (nombre en desarrollo LY3437943) es desarrollada por Eli Lilly, la misma compañía farmacéutica de la tirzepatida. Está en fase 3 de investigación clínica, dentro de un programa de varios ensayos internacionales (TRIUMPH-1 a 4, más TRANSCEND-T2D para diabetes) que en conjunto reclutaron a varios miles de participantes. Los resultados difundidos hasta ahora son, en términos de baja de peso, los más altos jamás reportados para un fármaco de esta clase: en el ensayo TRIUMPH-1, quienes recibieron la dosis más alta perdieron en promedio 28,3% de su peso corporal a las 80 semanas, contra apenas 2,2% en el grupo placebo.
Buena parte de esos resultados se conocieron por comunicados de prensa de la propia empresa, antes de pasar por la revisión de pares de una revista científica, algo que generó reparos explícitos entre especialistas. Esa no es la forma habitual, ni la más prudente, de validar un hallazgo médico. Además, la retatrutida todavía no tiene aprobación de ninguna agencia regulatoria del mundo: ni FDA, ni EMA, ni ANMAT. La solicitud de aprobación de Eli Lilly ante la FDA en el primer trimestre de 2027, lo que dejaría una comercialización real para 2027 o 2028 en el mejor y más expeditivo de los casos.
Hay ensayos de fase 3 en curso, existen resultados preliminares alentadores, pero también quedan preguntas abiertas inquietantes sobre seguridad a largo plazo, recuperación de peso al discontinuar el tratamiento, pérdida de masa muscular y comparación directa con los tratamientos ya aprobados. Es por eso que existen las fases de investigación clínica: para disipar preocupaciones de gravedad antes de que el fármaco llegue al público. Un proceso salteado por completo cuando se lo promociona y se lo ofrece en redes y en mostrador.
La doctora Raele sintetiza: “Las semaglutida es un agonista del GLP-1, la tirzepatida actúa además sobre otro receptor más y la retatrutida es mucho más potente, actúa sobre tres. Las dos primeras tienen mucho más estudios, más uso en pacientes, más investigación. La retatrutida está en fase 3. Hasta que no termine la investigación actual, lo que no se sabe es lo que sucede a largo plazo ni los efectos secundarios. Siempre que una droga es más potente va a traer sus efectos consigo. No sabemos cómo impacta su uso en la masa muscular, y sobre todo en el hueso: hay consecuencias en la osteoporosis que estamos descubriendo con estos péptidos en los descensos muy severos de peso, personas desnutridas que también comen muy mal de pronto, y con una droga nueva todavía mayor es el impacto y el riesgo.”
El mercado negro de péptidos crece mientras advierten por la falta de regulación
Raele advierte que el aumento de investigación e implementación de los péptidos en fármacos es mucho más amplio. Hay péptidos que “se promocionan para pérdida de grasa, aumento de masa muscular, recuperación, rendimiento, longevidad y muchas otras indicaciones”, lo que hace “fácil que todas estas moléculas parezcan formar parte de una misma categoría”. Sin embargo, remarca, “no todas cuentan con el mismo nivel de evidencia científica”.
Existe un universo heterogéneo y con muchísima menos evidencia detrás: BPC-157, CJC-1295, Ipamorelina, MOTS-c, SS-31, AOD-9604, GHK-Cu, Epitalon, Thymosin Beta-4 y compuestos asociados como el MK-677, que suelen difundirse junto a los anteriores sin contar con el mismo nivel de estudio. Según explica Raele, “algunos muestran resultados prometedores en investigación preclínica. Otros cuentan con estudios preliminares en humanos. Y para muchos de los usos que hoy se promocionan, todavía falta evidencia clínica de calidad”.
Lo que preocupa a la médica “es que cada vez sea más frecuente ver personas utilizando varias de estas moléculas al mismo tiempo, compradas por internet o en mercados no regulados y guiadas por influencers o personas sin formación en salud”. “Cada molécula merece ser evaluada por separado y con el mismo criterio con el que analizamos cualquier tratamiento médico”.
La importancia de la regulación
En Argentina, la ANMAT distingue con claridad entre dos categorías de péptidos: los aprobados como medicamentos, con receta, inscriptos en el Registro de Especialidades Medicinales (REM) y disponibles solo en farmacias habilitadas; y los péptidos “de investigación”, que no cuentan con aprobación para uso humano. Comercializar estos últimos como si fueran un producto de venta libre es ilegal bajo la Ley de Medicamentos N° 16.463, se venda donde se venda, incluido internet.
La ANMAT ya intervino contra artículos sin aprobación. Productos sin trazabilidad, sin controles de composición y sin garantía de que lo que dice la etiqueta sea efectivamente lo que hay adentro del frasco.
Fuera de los canales regulados, ningún organismo de control puede garantizar qué contiene realmente lo que se inyecta una persona: puede haber una sustancia distinta a la declarada, dosis imprecisas, contaminantes o impurezas derivadas de una fabricación sin estándares farmacéuticos. Tampoco existe certeza sobre cuál sería una dosis seria y segura fuera del protocolo de un ensayo clínico controlado, ni sobre qué efectos adversos podría producir esa combinación de variables desconocidas. “En el mercado negro no tenés nunca la garantía de que lo que recibís es efectivamente el péptido que querías comprar”, insiste Raele.
“Acá todavía no llegó todo el uso de péptidos para recuperación de ligamentos, para mejorar la piel, para broncearse. Como son moléculas de señalización, si intervenís buscando un beneficio muy puntual no sabés qué va a pasar con el resto de las consecuencias. Y a veces desencadenan enfermedades importantes: autoinmunes, hipotiroidismo, son cosas que he visto en pacientes. No hay evidencia de nada a largo plazo con estas drogas, los agonistas de la hormona de crecimiento pueden generar un cáncer, porque estás haciendo crecer una célula y no tenés control sobre el resto de lo que va a pasar con esa señal y cómo va a impactar”, se lamenta. Desde que se empezó a hablar del Ozempic, “muchísimos pacientes vienen a pedirme drogas como ésta, desde personas con problemas severos hasta quienes desean simplemente bajar tres kilos”, cuenta Raele sobre la experiencia real en consultorio. “Hay pacientes en los cuales puede ayudarlos un fármaco como éstos, el problema es que su uso no se reduce a ellos y no se está utilizando bien. Todo el mundo se está inyectando, es una moda y es peligroso”, suma.
La ilusión que se vende es la de un atajo: bajar de peso rápido, verse mejor, rendir más, envejecer más lento. Pero ese atajo se ofrece, hoy, sin el paso que separa una promesa de un tratamiento real: la evidencia clínica sólida, revisada por pares, y la aprobación de organismos que existen precisamente para chequear que el beneficio supere al riesgo antes de que un fármaco llegue a la población general. Mientras esa evidencia termina de construirse, comprar y aplicarse péptidos por redes sociales es exponerse, a ciegas, a lo desconocido.