El lado oscuro de comprar por Amazon desde Argentina: bueno para el bolsillo, pero muy malo para el planeta

Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) transitan una de las contradicciones más profundas y peligrosas de toda su historia corporativa. Por un lado, las grandes corporaciones con sede en el Silicon Valley californiano y la ciudad estadounidense de Seattle proyectan una imagen inmaculada de salvación planetaria a través de la innovación digital. Por otro lado, las necesidades materiales físicas para sostener esa visión cibernética consumen recursos naturales a una escala tan colosal que ponen en riesgo definitivo los objetivos climáticos internacionales.

Una de las protagonistas de esta crisis ambiental es Amazon. El gigante del comercio electrónico y de los servicios en la computación en la nube (una jerga marketinera informática para referirse a servidores de acceso remoto que requieren energía para funcionar y refrigerarse), a través de su división Amazon Web Services (AWS), impulsa una revolución en inteligencia artificial (IA) que choca de frente contra la realidad de sus operaciones diarias. La narrativa de la corporación es seductora. Werner Vogels, director de tecnología de Amazon, afirmó en julio de 2025 durante la cumbre «AI for Good» de las Naciones Unidas en la ciudad suiza de Ginebra, que la combinación de datos, modelos de IA y la nube conforma una «máquina planetaria para la resolución de problemas».

Detrás de la interfaz amigable de Amazon, la infraestructura necesaria para la IA consume recursos a escala global.

Mientras la empresa promociona a sus algoritmos como la cura definitiva para mitigar el cambio climático, sus propias emisiones operativas muestran una tendencia inversa que destruye sus compromisos de sustentabilidad. La inteligencia artificial no salva al planeta; lo somete a una presión extractivista sin precedentes.

El fracaso del «Cero Neto» y la explosión de la huella de carbono

Los documentos oficiales de la propia empresa certifican el colapso de la promesa verde. En el 2019, Amazon cofundó «The Climate Pledge», un pacto corporativo muy publicitado para alcanzar cero emisiones netas de carbono para el 2040. Esa meta se fijó diez años antes de los plazos del Acuerdo de París. La realidad de las TIC, sin embargo, expone el fracaso de esa meta. Un análisis del portal Earth.org del año 2025 revela que las emisiones totales de Amazon se triplicaron desde aquel compromiso inicial en el 2019.

El «Reporte de Sustentabilidad de Amazon 2024», publicado por la compañía, detalla que las emisiones absolutas de carbono operativas aumentaron un 6 por ciento respecto al año 2023. La cifra alcanzó un récord de 68,25 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono equivalente. Este incremento marca un punto de inflexión negativo. Tras leves descensos en años anteriores, la expansión masiva de la infraestructura indispensable para la inteligencia artificial generativa revirtió el avance ambiental previo.

El aumento operativo encuentra su origen en el consumo desenfrenado de energía eléctrica y en las emisiones vinculadas a la construcción de nuevos centros de datos para procesar la IA. La corporación necesita edificios inmensos. La edificación requiere materiales intensivos en carbono, de manera fundamental el acero y el cemento. A su vez, las emisiones indirectas asociadas a la cadena de valor, catalogadas como Alcance 3, representaron el 74 por ciento de la huella total de la compañía en 2024 y aumentaron un 6 por ciento respecto a 2023, según el Amazon Sustainability Report, difundido ese año.

La inteligencia artificial como devoradora de energía

Para entender la magnitud del problema, resulta necesario analizar el mecanismo mecánico de la inteligencia artificial. El entrenamiento de un modelo de lenguaje requiere un nivel de energía eléctrica asombroso. Miles de unidades de procesamiento gráfico de altísima potencia funcionan día y noche durante meses para procesar trillones de datos. Esta actividad genera gigavatios de consumo constante en la red pública.

El crecimiento de los centros de datos de Amazon está forzando la reapertura de plantas de carbón en países como India y Estados Unidos.

La demanda de energía no culmina en la fase de entrenamiento. La fase de inferencia, es decir, el uso diario de la inteligencia artificial para responder preguntas, redactar textos o crear imágenes, entre otras miles de tareas, acapara hasta el 80 por ciento del consumo eléctrico total del modelo, según reportes del portal especializado Arbor.eco difundidos este año. De acuerdo a este medio, una consulta a una IA avanzada con capacidad de «razonamiento» continuo consume entre 50 y 100 veces más energía que una simple búsqueda tradicional en la web.

Las proyecciones macroeconómicas confirman la catástrofe que se avecina. La Brookings Institution advirtió en abril pasado que el consumo global de electricidad de los centros de datos pasará de unos 415 teravatios/hora en 2024 a casi 1.050 teravatios/hora en 2026. Este volumen equivale al consumo total de energía de un país como Japón. Estados Unidos, donde Amazon concentra la mayor parte de sus operaciones globales, aloja el 45 por ciento del consumo global de centros de datos. El Departamento de Energía de Estados Unidos calculó en 2024 que estos establecimientos tecnológicos devorarán hasta el 12 por ciento de la electricidad total de ese país para el año 2028, según informó este año el Brookings Institution.

El carbón en la India: el infierno tóxico de Amazon

La desconexión entre el mercadeo sustentable de Amazon y su praxis industrial se vuelve letal en la India. Una investigación conjunta entre la organización SourceMaterial y el periódico The Guardian expuso esto en el 2025. Amazon informa en su sitio web sobre la existencia de tres «zonas de disponibilidad» operativas en el área metropolitana de la ciudad de Mumbai (también conocida como Bombay). Sin embargo, registros filtrados descubren una red en las sombras: la corporación estadounidense opera en realidad 16 centros de datos en esa ciudad.

Este complejo digital devoró 624.518 megavatios hora de electricidad en el 2023. Para dimensionar la magnitud de este consumo, esa energía basta para iluminar a más de 400.000 hogares indios por un año completo. Las consecuencias ambientales de esta voracidad impactan en los habitantes. Para saciar la demanda ininterrumpida de los servidores de Amazon, las autoridades del gobierno indio decidieron extender la vida útil de dos viejas plantas generadoras a carbón. Una instalación pertenece al Tata Group y la otra al conglomerado energético Adani. Las empresas justificaron la suspensión de sus propios planes de cierre ambiental con el argumento del crecimiento de los centros de datos tecnológicos.

La IA generativa consume entre 50 y 100 veces más energía que una búsqueda tradicional en la web.

Los ciudadanos de Mumbai pagan los costos en salud por el confort digital de la empresa de Jeff Bezos. El distrito de Mahul, vecino a la planta de carbón de Tata, sufre niveles de contaminación atmosférica calificados por sus habitantes como un «infierno tóxico» absoluto. Ante la inestabilidad de la red saturada, Amazon instaló 41 generadores a diésel de respaldo en la ciudad y solicitó permisos oficiales para colocar aún más máquinas de combustión contaminante.

El regreso de los combustibles fósiles en Estados Unidos

El impulso hacia el colapso ambiental por parte de la empresa no se restringe a economías en desarrollo de Asia. En los propios Estados Unidos, sede principal de Amazon, la fiebre de la inteligencia artificial resucita infraestructuras tóxicas que el mundo intentaba abandonar para siempre. Un reporte de este año del medio Latitude Media devela que Amazon y Google sostienen de manera artificial a la industria del carbón en el estado de Indiana.

La compañía eléctrica Hallador Energy rubricó un contrato de 1.000 millones de dólares por el plazo de doce años para proveer 500 megavatios de su planta termoeléctrica a carbón «Merom» a la distribuidora local a partir del 2028, según informó Latitude Media. La meta primordial de este acuerdo multimillonario es garantizar la energía para los centros de datos que construyen Amazon y Google en la región. La central de carbón de Merom estaba condenada al cierre definitivo en el 2023. Sus dueños planificaban una transición hacia sistemas de energía renovable. No obstante, la avalancha de la IA y el capital astronómico de estas corporaciones rescataron al carbón del olvido y aseguraron emisiones masivas por varias décadas más en el futuro.

La demanda energética de los centros de datos de Amazon aumentará tanto porque los servidores deben procesar algoritmos de manera continua, sin la menor interrupción. Ninguna matriz de fuentes renovables locales logra la velocidad de expansión necesaria para cubrir el salto exponencial del entrenamiento y la inferencia de la IA. Ante esta urgencia por mantener la dominancia del mercado, la corporación se ve forzada a abrazar, financiar y expandir los combustibles fósiles. Los desarrolladores tecnológicos aceptan abonar sobreprecios históricos para garantizar la continuidad ininterrumpida de sus operaciones. El contrato en Indiana valúa la capacidad del carbón en 450 dólares por megavatio al día. Esta cifra resulta inaudita para el mercado tradicional.

La trampa nuclear y la saturación de la red pública

Para neutralizar el rechazo social, Amazon promociona enormes compras de energía nuclear como fuente libre de emisiones. En el 2024, AWS desembolsó 650 millones de dólares para comprar un campus de datos de 960 megavatios a la firma Talen Energy. El recinto se conecta de manera directa y exclusiva a la planta nuclear Susquehanna, situada en el estado de Pensilvania. En junio de 2025, el pacto se extendió a un suministro de 1.920 megavatios a largo plazo.

Aunque Amazon compra energía nuclear, el vacío que deja en la red pública obliga a encender centrales térmicas de respaldo.

Sin embargo, cuando una corporación como Amazon monopoliza casi dos gigavatios de energía limpia que antes fluía por la red pública, se genera un gran vacío en el suministro nacional. Las personas, los hospitales, las escuelas y las fábricas continúan con su demanda de electricidad intacta. Para prevenir apagones masivos y cubrir ese déficit repentino, las empresas eléctricas locales no tienen otra opción más que encender centrales de respaldo que operan con gas natural y carbón.

De este modo, Amazon privatiza la energía limpia para sus propios servidores y externaliza las emisiones contaminantes hacia el resto de la sociedad. Además, la carga sin precedentes sobre la infraestructura obliga a los estados a aprobar inversiones billonarias. En el estado de Virginia, la zona con la mayor concentración de centros de datos a nivel global, la empresa Dominion Energy anunció un plan por 50.000 millones de dólares hasta el 2029 para reforzar líneas y construir nuevas centrales térmicas a gas natural. El costo económico del hardware de Amazon recae de manera injusta sobre los ciudadanos mediante tarifas de luz mucho más altas y un aire cargado de polución.

El costo invisible de la cadena de suministro

Más allá del consumo eléctrico directo, el impacto nocivo de Amazon se oculta en su extensa y poco transparente cadena de suministro global. La fabricación del hardware especializado para inteligencia artificial agrava el calentamiento global mucho antes de que el servidor inicie sus procesos en el edificio corporativo. Los procesadores de última generación, los discos de memoria sólida y la infraestructura de red requieren minería intensiva y procesos industriales altamente tóxicos.

Un reporte del 2025 titulado «Sustainable Data Centers Roadmap» revela que las emisiones incorporadas en la construcción de los centros de datos, categorizadas como Alcance 3, representan más del 40 por ciento de la huella total durante la vida útil del establecimiento. La fundición del acero, el curado del cemento y el ensamblaje de los componentes electrónicos en fábricas de Asia emiten millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera. La organización Greenpeace denunció a principios del 2026 que el proveedor de chips Nvidia, pieza clave para AWS, incrementó sus emisiones vinculadas a la manufactura unas 4,5 veces en un solo año.

Amazon se abastece de este mismo hardware contaminante. Al carecer de normas ambientales estrictas y de obligaciones de uso de energía verde para sus proveedores tecnológicos en Asia, la corporación traslada el pasivo ambiental hacia otras latitudes y evade la responsabilidad pública. La producción del chip y la fundición del metal para los estantes de los servidores se realizan con electricidad proveniente del carbón en países que no cuentan con normativas climáticas rigurosas. Por consiguiente, la huella de carbono de la IA de Amazon abarca el planeta entero a través del consumo voraz de recursos primarios, desde la mina de metales raros hasta la chimenea de la central térmica local. Este costo invisible demuele por completo el mito inofensivo del servicio de nube inmaterial.

César Dergarabedian: Periodista especializado en tecnología y transformación digital. Desde 2005 escribe y edita la sección de Tecnología de iProfesional, donde cubre innovación, tendencias globales, software, ciberseguridad y negocios IT. Fue tallerista y prejurado en concursos de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada por Gabriel García Márquez, y participó como jurado en iniciativas de innovación como Wayra Argentina. Coautor del libro Historias de San Luis Digital, también integra el jurado del Premio ESET al periodismo de seguridad informática en América Latina. Reconocido como uno de los 15 editores de tecnología más influyentes de Latinoamérica (Social Geek), recibió el Premio Sadosky a la Innovación Periodística y el Premio Sadosky a la Investigación Periodística. Ha cubierto las principales ferias tecnológicas del mundo, como CES Las Vegas y MWC Barcelona, y eventos globales de compañías como Amazon, Microsoft y SAP.