La reciente reaparición del pichiciego menor, conocido popularmente como el “hada rosa”, volvió a poner en agenda la importancia de la conservación ambiental en la provincia de Mendoza. El hallazgo de este pequeño armadillo en la Reserva de Biósfera Ñacuñán refuerza el valor estratégico de las áreas protegidas para preservar especies únicas y garantizar el equilibrio de los ecosistemas.
Con apenas entre 7 y 11 centímetros de largo y un característico caparazón rosado pálido que le da su apodo, el pichiciego menor (Chlamyphorus truncatus) es el armadillo más pequeño del mundo. Su comportamiento estrictamente nocturno y su vida casi exclusiva bajo tierra lo convierten en una de las especies más difíciles de observar. Incluso expediciones científicas internacionales han pasado meses en el campo sin registrar un solo ejemplar.
“Cada vez que registramos un pichiciego estamos frente a una señal concreta de que el ecosistema funciona”, afirmó el director de Biodiversidad y Ecoparque, Ignacio Haudet, tras confirmarse el nuevo avistamiento en Ñacuñán.
El rol clave de las áreas protegidas en Mendoza
La presencia del pichiciego en Ñacuñán confirma la relevancia ecológica de las 12.600 hectáreas protegidas que integran la reserva, donde predominan algarrobales y jarillales nativos. Este entorno conserva condiciones esenciales para la supervivencia de la especie, especialmente el suelo arenoso y compacto que necesita para excavar sus complejas galerías subterráneas.
Según Haudet, la reserva demuestra que la protección integral del territorio resulta determinante para la biodiversidad: “Cuando protegemos el suelo, la flora y los procesos naturales, garantizamos condiciones reales para especies extremadamente sensibles. Este registro tiene un enorme valor biológico y simbólico”.
En la misma línea, el director de Áreas Protegidas, Iván Funes Pinter, destacó que estos espacios no solo preservan paisajes, sino también dinámicas ecológicas completas que permiten la supervivencia de especies únicas. “Las áreas protegidas cumplen su función esencial: conservar ecosistemas completos que sostienen la vida silvestre”, señaló.
Por su parte, el jefe del Departamento de Fauna, Adrián Gorrindo, explicó que el pichiciego actúa como un indicador biológico del estado ambiental. “Necesita suelos estables, sin alteraciones mecánicas severas ni contaminación. Donde aparece, hay equilibrio ecológico. Por eso cada registro tiene un enorme valor científico”, sostuvo.
El pichiciego, un ingeniero silencioso del ecosistema
Más allá de su rareza, el pichiciego cumple funciones fundamentales en los ecosistemas áridos del monte mendocino. Se alimenta principalmente de hormigas y larvas, contribuyendo a regular poblaciones de insectos. Además, al excavar túneles, airea el suelo y favorece la infiltración de agua, un proceso clave en regiones desérticas donde el recurso hídrico es limitado.
En Mendoza, la especie está declarada Monumento Natural Provincial (Ley 6599), lo que implica un régimen especial de protección debido a su vulnerabilidad y valor ambiental.
Desde la Dirección de Biodiversidad y Ecoparque recordaron que el pichiciego es extremadamente sensible al estrés y no sobrevive en cautiverio. Por ello, ante un eventual encuentro, se recomienda observarlo a distancia, no manipularlo y dar aviso inmediato a las autoridades o al 911.
Conservación ambiental y biodiversidad: una señal de equilibrio
El nuevo registro del “hada rosa” no solo confirma la presencia de una de las especies más singulares de Argentina, sino que también refuerza la importancia de las políticas de conservación y la gestión de áreas naturales protegidas. La aparición del pichiciego es una señal de que el ecosistema mantiene su equilibrio y de que la protección del territorio permite preservar procesos invisibles pero vitales para la biodiversidad.
En este contexto, la reaparición del pichiciego menor en Ñacuñán se consolida como un indicador clave del estado ambiental de Mendoza y un recordatorio del valor estratégico de las áreas protegidas para el futuro de los ecosistemas.