A los 14 años, Pablo Ríos atendía una verdulería en la ciudad de Córdoba. Tres décadas después, lidera una de las inversiones agroproductivas más ambiciosas del norte de la Patagonia, con un desarrollo de miles de hectáreas en una zona donde hasta hace poco solo había desierto. El proyecto, ubicado al pie de la ruta nacional 250, entre General Conesa y Guardia Mitre, combina producción agrícola, ganadería, energía propia y exportación, con una inversión estimada en US$50 millones.
El emprendimiento abarca un campo de 2.800 hectáreas, de las cuales 2.300 estarán bajo riego presurizado. Allí se proyecta producir alfalfa para exportación, desarrollar ganadería a gran escala y generar energía a partir de gas natural, con infraestructura inédita para la región. El cronograma prevé completar el desarrollo en 2027 y sumar una planta de compactado de megafardos de alfalfa en General Conesa, clave para la logística exportadora.
“El proyecto se apoya en tres pilares”, resume Ríos, en diálogo con Río Negro. “Goteo, puerto y gas. Ese es el tridente del proyecto”, explica.
Un recorrido que empezó lejos del campo
La historia de Ríos no tiene origen en la tradición agropecuaria. Su primer contacto con el trabajo fue el comercio minorista, en un barrio cordobés. “Yo soy de Córdoba y me metí de muy chico, a los 14 años, comencé con una verdulería. No vengo de una familia con tradición agrícola, pero sí comercial”, relata.
Ese primer paso dio lugar a un crecimiento sostenido. Del puesto barrial pasó a una distribuidora y luego a la exportación de productos hortícolas. El punto de inflexión llegó después de la crisis de 2001, cuando una oportunidad familiar en el sur bonaerense abrió una nueva etapa del negocio. “En 2003-2004 se nos da la posibilidad de exportar. Argentina estaba muy barata al exterior”, recuerda.
El primer producto fue la cebolla y el destino inicial, Brasil. El crecimiento fue rápido y contundente: en apenas tres años pasó de exportar 11 camiones a superar los 200, con galpón propio y acuerdos directos con cadenas de supermercados brasileñas.
De exportar a producir: el salto estratégico
La expansión también dejó al descubierto un problema estructural: la dependencia de terceros para garantizar calidad y cumplimiento. “Empezamos a producir porque queríamos alta calidad del producto, que no nos ofrecían los productores. A veces los precios subían y no respetaban los contratos”, explica.
En 2010, Ríos dio el paso decisivo hacia la producción propia. Incorporó riego presurizado y luego riego por goteo, una tecnología que en ese momento era incipiente en la región de la Corporación de Fomento del Río Colorado (Corfo). El modelo productivo se consolidó sobre cultivos como cebolla, ajo y papa, con una fuerte apuesta por la innovación.
La mecanización total, la selección óptica y la automatización de galpones se volvieron parte central del esquema. “Fuimos los primeros en la zona con goteo. Hoy producimos entre 200 y 300 hectáreas con ese sistema y somos los más grandes en ese sistema”, afirma.
El recorrido incluyó experiencias en distintas zonas del país -Corfo, La Pampa y Carmen de Patagones- siempre bajo la misma lógica: integrar producción, empaque y exportación, controlando cada eslabón de la cadena. En ese camino, el acceso al agua, la energía, la logística y la mano de obra fueron desafíos constantes.
Hoy, esa experiencia acumulada converge en la Patagonia rionegrina, donde Ríos apuesta a escalar el modelo a una dimensión inédita, llevando agricultura intensiva, tecnología y energía a un territorio históricamente marginal para la producción.
Río Negro, gas y una obra inédita en el corazón del desierto patagónico
El proyecto que Proarco Patagonia SA impulsa en Río Negro -la firma presidida por Pablo Ríos- condensa años de aprendizaje productivo y decisiones estratégicas. La localización no fue casual: responde a una variable clave para la escala que busca el emprendimiento. “Elegí salir de Patagones porque allá no hay energía en el lugar y en la cantidad que queremos. Acá pasa el gas, y nosotros definimos el gas como energía, no saldremos más de esa matriz”, explica. Esa elección marca un punto de inflexión en términos de eficiencia y costos operativos.
La escasa infraestructura existente en la zona obligó a diseñar un esquema completamente autosuficiente. El agua se captará del río Negro mediante bombeo, recorrerá un primer canal en el valle y luego será rebombeada para cruzar la ruta nacional 250 hacia la meseta, a través de cuatro grandes cañerías. Allí, un segundo canal permitirá distribuir el recurso por gravedad. Las obras de la estación de rebombeo ya están en marcha y los trazados de ambos canales se encuentran nivelados.
El segundo canal, de entre 8 y 9 kilómetros de extensión, será la columna vertebral del sistema de riego. Desde allí se abastecerán 2.300 hectáreas mediante una combinación de pivotes centrales y goteo subterráneo. “El pivote cumple un rol germinativo y después el cultivo se expresa con goteo, que usa menos agua y produce mucho más”, señala Ríos. La generación de energía propia es el otro eje del proyecto: motores a gas, alimentados directamente desde el gasoducto Conesa–Viedma, permitirán reducir de forma significativa el costo energético del riego.
“La particularidad de este campo es que la energía se va a generar con gas. No hay electricidad, y hacer una línea de 50 kilómetros era inviable”, remarca. A esto se suma un factor diferencial: la compra directa de gas a productores durante el verano. “Nuestro consumo va a ser similar al de Viedma en un año, pero casi todo en verano, cuando el gas no se usa”, detalla.
El desarrollo productivo también plantea un desafío logístico de peso: la salida al mundo. En ese esquema, el puerto de San Antonio Este ocupa un lugar central. “Es clave que tenga volumen para que sea viable la exportación de alfalfa y la consolidación de un polo”, sostiene Ríos, convencido de que el proyecto necesita ir acompañado por decisiones públicas y privadas que fortalezcan la terminal portuaria. Con esa articulación, Río Negro podría consolidar una ventaja competitiva frente a otras regiones productoras.
Alfalfa y ganadería: una elección estratégica
La orientación productiva responde a una lógica clara. “Nuestro ADN es la exportación”, afirma Ríos, que encuentra en la alfalfa un cultivo con estabilidad de precios, altos rendimientos y menor exposición al riesgo climático que la horticultura. En un contexto de aridez estructural, la eficiencia hídrica resulta determinante. “Con goteo (y fertirriego) usamos tres veces menos agua que con un sistema de riego convencional y la productividad se dispara”, subraya.
La ganadería completa el modelo con un planteo de escala y previsibilidad. El objetivo es integrar cría, recría y terminación, apoyándose en la producción propia de forraje y descartando el secano. “Para que un feedlot grande funcione, necesitás garantizar el ingreso de animales. Si no, terminás pagando sobreprecios y comprando animales sin la genética que uno desea”, explica. El esquema contempla madres semi-encerradas, recría sobre alfalfa y terminación a corral, siempre con volumen asegurado.
Durante el primer año, cada lote se destinará a horticultura y maíz, con el objetivo de estabilizar el suelo antes de instalar el goteo subterráneo. “Entre julio y octubre, que es la siembra de papa, tendremos entre 800 y 1.000 hectáreas regadas y en producción. El año que viene completamos para llegar a 2.300”, precisa el presidente de Proarco Patagonia SA. Una parte significativa de esa superficie ya fue desmontada.
Luego, la rotación quedará centrada en alfalfa y alimento para bovinos. El cierre del proyecto será la planta de recompactado de megafardos de alfalfa en General Conesa, prevista para 2027, que permitirá agregar valor y optimizar los costos logísticos.
“Estamos hablando de una inversión total de 50 millones de dólares”, dimensiona Ríos. Una cifra que resume el camino de quien comenzó en una verdulería de barrio en Córdoba y hoy apuesta a convertir el desierto patagónico en una plataforma exportadora basada en agua, gas y tecnología, con una visión productiva de largo plazo.