China comenzó a ensayar una estrategia que no pasó desapercibida: cubrir sectores de glaciares con mantas geotextiles blancas, similares a láminas térmicas, con el objetivo de reducir el derretimiento durante los meses más cálidos del año. Los resultados, al menos a pequeña escala, son visibles: en las áreas protegidas, el hielo conserva mayor espesor y la tasa de deshielo disminuye. Sin embargo, la técnica plantea un límite evidente: funciona de manera local, pero no ataca la causa de fondo del problema.
Mantas blancas para frenar el deshielo: cómo funciona la técnica
Uno de los casos más emblemáticos se dio en el glaciar Dagu, en la provincia china de Sichuan. En 2019, un equipo de la Academia China de Ciencias cubrió aproximadamente 500 metros cuadrados del glaciar durante el período estival. La intervención buscaba, en esencia, ganar tiempo frente al aumento sostenido de las temperaturas.
Tras dos meses y medio, las mantas fueron retiradas y los investigadores constataron un efecto significativo: el hielo en la zona cubierta era hasta un metro más grueso que en las áreas cercanas que habían quedado expuestas. La diferencia se explica por un principio físico simple pero efectivo: al reflejar más radiación solar y absorber menos calor, el hielo protegido se derrite a un ritmo mucho menor.
Las mantas utilizadas son geotextiles blancos diseñados específicamente para reducir el calentamiento del hielo mediante dos mecanismos principales: bloquear parte del calor ambiental y reflejar la radiación solar incidente. Este doble efecto incrementa el albedo, es decir, la capacidad de una superficie para reflejar la luz. Cuanto mayor es el albedo, menor es la energía que se transforma en calor sobre el glaciar.
En la práctica, el objetivo de esta técnica es desacelerar el deshielo en puntos específicos, sobre todo durante el pico del verano. Aunque no ofrece una solución estructural al retroceso global de los glaciares, el experimento abre el debate sobre hasta qué punto estas intervenciones pueden servir como medidas temporales frente al avance del cambio climático.
Una solución puntual frente a un problema global
En otras regiones donde se aplicaron técnicas similares, los estudios registraron reducciones locales del derretimiento estival que oscilaron entre el 50 % y el 70 %. Sin embargo, incluso con estos resultados, el beneficio se limita estrictamente a las superficies cubiertas. Fuera de las mantas, el hielo continúa expuesto al calor y a la radiación solar.
La propia escala del problema explica por qué este método no puede aplicarse de forma masiva. En el planeta existen más de 250.000 kilómetros cuadrados de glaciares, una extensión imposible de cubrir sin enfrentar enormes desafíos logísticos. Proteger áreas tan vastas requeriría una infraestructura permanente, personal especializado y una reposición constante de materiales.
Los costos también representan una barrera decisiva. Aun si el uso de mantas lograra reducir el deshielo local entre un 50 % y un 60 %, cubrir una fracción significativa de los glaciares del mundo resultaría económicamente inviable. Además, estos geotextiles deben colocarse y retirarse cada temporada, se degradan con el tiempo y, si no se gestionan correctamente, pueden convertirse en residuos ambientales.
El retroceso glaciar ya es un problema concreto y acelerado. En China, por ejemplo, se perdió alrededor del 26 % de la superficie glaciar desde 1960 y más de 7.000 pequeños glaciares desaparecieron por completo. En regiones como las montañas Qilian y la meseta tibetana, esta pérdida ejerce una presión creciente sobre las reservas de agua dulce, de las que dependen millones de personas.
El deshielo también incrementa los riesgos naturales, como deslizamientos, inundaciones repentinas y el colapso de presas naturales formadas por hielo y sedimentos. En este contexto, las mantas pueden servir para proteger zonas puntuales -atracciones turísticas, áreas vulnerables o puntos estratégicos para el suministro de agua-, pero no ofrecen una solución estructural.
El debate de fondo sigue abierto: estas intervenciones pueden ganar tiempo en escenarios críticos, pero no sustituyen la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, que continúan impulsando el calentamiento global y el retroceso de los glaciares.