El Carnaval es sinónimo de alegría, música y celebración, pero también de una intensa producción de materiales que, durante años, tuvieron un destino breve. Inspirado en el espíritu efímero de la fiesta -como retrata el sambista Martinho da Vila en su canción sobre el final del festejo- el espectáculo deslumbra durante unos días para luego desaparecer. Sin embargo, en Río de Janeiro, una iniciativa busca que esa magia no termine convertida en residuos.
Cada año, en el imponente Sambódromo Marquês de Sapucaí, decenas de miles de integrantes de escuelas de samba desfilan con trajes monumentales y coloridos. Se estima que más de 100.000 disfraces recorren la pasarela del carnaval anualmente, aunque su vida útil suele limitarse a los menos de 90 minutos que dura el desfile. Hasta hace algunos años, muchos de estos vestuarios terminaban descartados tras el espectáculo, generando un impacto ambiental significativo.
Para enfrentar ese problema nació el proyecto “Sustenta Carnaval”, una iniciativa que busca convertir el residuo en recurso y dar una segunda vida a los trajes utilizados durante la fiesta.
De residuo a recurso: una segunda oportunidad para los disfraces
La sede del proyecto se encuentra en la zona portuaria de Río, cerca de la llamada Cidade do Samba, el complejo donde se diseñan carrozas y vestuarios del carnaval. Allí, montañas de plumas, telas y accesorios de colores se acumulan en un almacén donde los trajes recuperados esperan una nueva oportunidad.
Las piezas pueden adquirirse a bajo costo según su peso, lo que permite que agrupaciones carnavalescas con menos recursos, municipios y organizaciones culturales accedan a vestuarios reutilizados. También se donan a escuelas públicas, se alquilan a compañías teatrales y producciones audiovisuales o se adaptan para otros usos creativos. En los últimos cinco años, la iniciativa logró rescatar 66 toneladas de disfraces que, de otro modo, habrían terminado en vertederos.
El coordinador técnico del proyecto, Jean Santos, recuerda los comienzos con humor: el primer año recolectaron tres toneladas de vestuario que debieron almacenar de forma improvisada en viviendas particulares. Con el tiempo, la propuesta creció y consolidó una red de recuperación y reutilización más organizada.
Aunque muchas escuelas de samba reutilizan parte de sus trajes, no todas cuentan con los recursos logísticos para transportarlos o almacenarlos, por lo que una gran cantidad terminaba acumulándose en el Sambódromo, generando incluso inconvenientes de seguridad tras los desfiles.
Impacto ambiental y compromiso social
Además de su dimensión ecológica, el proyecto tiene un fuerte componente social. Parte del trabajo de clasificación y transformación de los disfraces es realizado por personas en situación de vulnerabilidad. Algunas piezas son reconvertidas en productos como carteras y accesorios por mujeres inmigrantes y vecinas de comunidades cercanas, mientras que también se ofrecen talleres de reciclaje textil.
La iniciativa ha logrado reducir significativamente la huella ambiental del carnaval. Según estimaciones del propio programa, cada kilo de estos vestuarios -generalmente elaborados con materiales sintéticos- puede haber generado más de 47 kilos de dióxido de carbono durante su producción. Gracias a la reutilización de toneladas de material, se evitó la emisión de miles de toneladas de CO2.
El proyecto también alcanzó reconocimiento internacional, con premios y certificaciones por su contribución a la sostenibilidad y la gestión responsable de residuos textiles. Incluso llevó vestuarios reutilizados a eventos culturales en el exterior, ampliando el alcance de la propuesta.
Un modelo que busca crecer
“Sustenta Carnaval” cuenta con el respaldo de autoridades ambientales locales y organizaciones vinculadas al carnaval, aunque sus impulsores señalan que aún necesitan más recursos para expandir su capacidad operativa. Entre sus objetivos está ampliar el espacio de almacenamiento y desarrollar programas de formación que permitan profesionalizar a quienes trabajan en la producción del carnaval.
Mientras tanto, cada año, al finalizar los desfiles, el proceso vuelve a comenzar: recolectar, clasificar y reinventar miles de piezas para demostrar que incluso una celebración efímera puede dejar un legado duradero cuando la creatividad se une con la sostenibilidad.