Miles de hectáreas de plantaciones, una cadena productiva que abastece a mercados de todo el mundo y una presencia territorial que no deja de generar controversias. Arauco es un actor central de la industria forestal argentina, pero también protagonista de disputas por la tierra con comunidades indígenas y campesinas de Misiones. Mientras la empresa destaca los beneficios ambientales de su gestión forestal, las organizaciones territoriales denuncian consecuencias muy diferentes. Un recorrido por el negocio, los conflictos y las alternativas que buscan abrir otro camino.
Arauco es una multinacional de capitales chilenos que funciona desde 1996 en Argentina. Su centro de sus operaciones locales está en Misiones, donde tiene 264.111 hectáreas de patrimonio forestal propio (el equivalente a más de 6 ciudades de Buenos Aires). Esto la convierte en el principal propietario privado de tierras en una provincia que, de por sí, es la segunda con mayor proporción, según el Registro de superficie rural en manos extranjeras ñ. En menor medida, Arauco también opera en la región del Delta del Paraná y en otras provincias.
Se puede decir que, en estos 30 años, Arauco se consolidó como una de las principales empresas foresto industriales del país. Su actividad de base es la forestación, esto es plantar miles de árboles en grandes extensiones de terreno. Las dos especies que utiliza, los pinos y eucaliptos, son ‘exóticas’ (provienen del hemisferio norte).
A partir de la forestación, la multinacional desarrolló una cadena integrada que produce celulosa, un compuesto orgánico natural obtenido de la pulpa de la madera. Se trata de “una materia prima versátil, que es la base para la elaboración de pañales y productos de higiene, filtros y productos de fibrocemento, textiles, papeles de impresión y escritura, papel tissue y material para embalaje, entre otros. Generamos cinco tipos de este material”, cuenta la empresa desde su sitio web. También produce madera, paneles y generación de energía.
Su producción está destinada en parte al mercado interno y, en gran parte, a la exportación. La celulosa, por ejemplo, se vende principalmente a Asia y Europa. En sus propias palabras: “Nuestros productos llegan a más de 3.500 clientes en los cinco continentes, y nuestra red logística cuenta con 29 oficinas comerciales y representantes de ventas”.
Desde su Reporte de Sustentabilidad 2025, Arauco se refiere a las plantaciones como “bosques” y considera que al gestionarlos “responsablemente no solo permiten producir materiales renovables, sino también capturar carbono, conservar biodiversidad, proteger servicios ecosistémicos y contribuir al bienestar de las comunidades”. Y continúa especificando que tienen un “enfoque de largo plazo, integrando conservación, restauración y manejo forestal responsable. Colaboramos en la protección de especies y resguardamos áreas de alto valor ambiental”.
Conflictos territoriales con comunidades indígenas y campesinas en Misiones
Cuando ampliamos la perspectiva e incorporamos los testimonios de los pueblos que conviven con Arauco, el panorama cambia considerablemente. La enorme extensión de tierras que concentra la empresa es también el escenario de persistentes conflictos territoriales con familias campesinas y comunidades Mbya Guaraní, que denuncian disputas por la posesión y el uso de esos territorios.
Santiago Ramos, Cacique de la Comunidad Mbya de Puente Quemado II, relata a través del canal de Xrar Latinoamérica Abya Yala en YouTube. “En 2022 ha pasado algo muy grave. Se produjo un incendio en el que se consumieron todas las medicinas naturales y frutas nativas. El fuego se produjo porque la empresa plantó mucho pino y eucalipto que consumen cientos de litros de agua, y eso está secando arroyos y nacientes”. Al mismo tiempo, no tienen fuente de agua potable porque detectaron a través de análisis que el arroyo Oscura, que viene de la plantación, “está contaminado. Hicimos la denuncia al estado provincial pero no tenemos respuesta”.
En 2023, el reclamo ambiental de Greenpeace contra Arauco se unió al reclamo de la comunidad y la denunció por operar sobre los territorios de pueblos originarios y vulnerar sus derechos. Incluso, aportó un dato contundente que habla del impacto real de la actividad en el ecosistema nativo: cerca de 120.000 de sus plantaciones de especies exóticas se desarrollaron donde antes había Selva Paranaense.
Esto no es gratuito. “Allí donde antes la selva regulaba el clima, amortiguaba lluvias extremas y sostenía ciclos hidrológicos, hoy se imponen suelos compactados, más ácidos, más empobrecidos en nutrientes y prácticamente desprovistos de vida. Los pinos rompen los ciclos de carbono y nitrógeno y vuelven al territorio más vulnerable al fuego. Cuando arden, el fuego se propaga con mayor velocidad e intensidad que en el monte nativo y, tras el incendio, el pino sobrevive en sus raíces y se regenera rápidamente, colonizando áreas quemadas impidiendo la recuperación de la selva. Más plantaciones, más incendios y más expansión del monocultivo. Pero el daño no es sólo ecológico, es también social, político y cultural”, relata la ONG XR Latinoamérica Abya Yala.
Los años pasan y la problemática no sólo persiste, sino que se agrava. En septiembre de este año, cerca de 200 familias campesinas del municipio de San Pedro realiazaron la denuncia por el conflicto territorial en Arauco y a la Policía de Misiones por un violento y sistemático avance sobre las tierras en las que cultivan sus alimentos, del cual hemos dado testimonio en Economía Sustentable.
Todo esto ocurre mientras la Ley Nacional de Bosques (26.331) sigue vigente y establece en su artículo 19 que “todo proyecto de desmonte o manejo sostenible de los bosques nativos deberá reconocer y respetar los derechos de las comunidades indígenas originarias del país que tradicionalmente ocupen esas tierras”. Las autoridades provinciales y la justicia, al parecer, no se dan por enteradas.
Documental La Tierra Explota: la alternativa agroecológica frente a Arauco en Misiones
En septiembre se estrenó el documental ‘La Tierra Explota’ del director y productor Juan Pablo Lepore. El film acompaña el trabajo de 4 mujeres que se enfrentan a proyectos extractivistas en diferentes puntos de Argentina. En el capítulo de Misiones, conocemos a Miriam Zamudio, líder comunitaria campesina de la Unión Trabajadores de la Tierra (UTT) que se enfrenta al modelo de “commodities” de Arauco. “Me pareció importante su mirada sobre la lucha por el territorio frente a los monocultivos y los agrotóxicos”. afirmó Lepore en diálogo con Economía Sustentable.
El documental muestra cómo la UTT “le hizo frente a esta multinacional y le ganó un juicio por 600 hectáreas” donde ahora producen alimentos agroecológicos de calidad, cuidando el entorno. “Mismo en la película aparecen trabajadores que antes estaban empleados por Arauco y ahora son parte de la organización, antes tiraban veneno y ahora hacen agroecología, ahí me parece que hay una transición interesante que tiene que ver con el trabajo y la soberanía alimentaria”, relata Lepore.
Se trata de “un hecho importante, porque es una comunidad pequeña frente a una empresa que es uno de los mayores terratenientes de la Argentina. Entonces es una disputa simbólica y concreta sobre para qué es la tierra, para quiénes y cuál es su función social, que es de lo que trata el documental”.
Consultado por cómo es estar en el territorio, y ver los monocultivos de árboles por un lado y el monte que resiste, por el otro, Lepore reflexiona: “Esos monocultivos, aunque están vivos, de alguna manera simbolizan la muerte, la homogeneidad, la artificialidad. Cuando uno camina por estos lugares nota esa diferencia. Por otro está la selva, con todo su esplendor, el caos de la naturaleza que es perfecto, que tiene que ver con la interconexión de todos sus componentes vivos, tanto por debajo de la tierra, y la vida circundante que se respira y se siente”.