Un pequeño puente peatonal en los Países Bajos acaba de convertir en realidad una idea que hasta hace poco parecía más un lema aspiracional que una posibilidad técnica: demostrar que el hormigón estructural puede ser climáticamente neutro sin resignar resistencia, durabilidad ni seguridad. El proyecto fue desarrollado por Heijmans, una de las principales constructoras neerlandesas, junto a la empresa de tecnología climática Paebbl y una red de socios especializados en materiales circulares.
Del laboratorio a la calle: infraestructura real con balance climático
La estructura, de siete metros de longitud, no es un experimento de laboratorio ni una instalación simbólica. Se trata de infraestructura urbana plenamente funcional. Lo innovador no es solo que soporte cargas y uso cotidiano, sino que lo haga a partir de una mezcla de hormigón que elimina por completo la arena y la grava primaria, e incorpora materiales reciclados, biochar y compuestos capaces de capturar y almacenar CO2 en forma mineral estable.
El resultado es un hormigón compuesto en un 75% por materias primas circulares, con una huella climática que ya no se limita a reducir emisiones, sino que comienza a revertirlas al fijar carbono dentro de la propia estructura.
En este proyecto, el 30% del cemento convencional fue reemplazado por materiales desarrollados por Paebbl, el porcentaje más alto alcanzado hasta ahora en hormigón estructural. Solo el tablero del puente almacena de manera permanente unos 66 kilogramos de CO2 integrados en su matriz mineral. La cifra, aunque modesta en términos globales, funciona como una señal clara del camino posible para uno de los sectores más emisores del mundo.
La obra es el resultado de una articulación poco habitual en la construcción tradicional. Heijmans estuvo a cargo de la ingeniería y ejecución; HCM Cement ajustó la formulación del cemento para hacerlo compatible con los nuevos aditivos; Van der Kamp B.V. produjo el hormigón; CarStorCon integró el biochar -un carbón vegetal utilizado en Europa como sumidero de carbono-; Urban Mine aportó los áridos reciclados; y Paebbl sumó su tecnología de mineralización acelerada de CO2.
Desde el interior del proyecto, Ana Luisa Vaz, vicepresidenta de producto de Paebbl, resume el avance con una idea clara: este tipo de materiales ya no están reservados a fachadas, mobiliario urbano o aplicaciones “verdes” de exhibición. Están comenzando a formar parte de la infraestructura real, aquella que soporta personas, tránsito y uso diario.
Cuando la innovación responde a la crisis climática
Para Heijmans, el mensaje es coincidente. La innovación, sostienen, no puede limitarse a optimizar procesos o reducir consumos energéticos: debe responder de manera directa a la crisis climática. Y este puente demuestra que el hormigón con balance neutro en CO2 no es una promesa a largo plazo, sino una tecnología que ya existe, se utiliza y se puede cruzar caminando.
La producción de cemento sigue siendo uno de los grandes puntos ciegos del debate climático. Contribuye a cerca del 8% de las emisiones globales de CO2, una magnitud comparable a la de países enteros. Durante años, la respuesta del sector se concentró en mejorar la eficiencia de los hornos, reemplazar combustibles fósiles por residuos o biomasa e incorporar sistemas de captura de carbono en las plantas industriales.
Estos avances son relevantes, pero no modifican el núcleo del problema: el cemento continúa siendo, desde su origen, un material intensivo en emisiones.
La propuesta de Paebbl avanza en otra dirección. En lugar de limitarse a reducir el impacto, acelera procesos naturales de mineralización para transformar el CO2 en un componente sólido y estable, integrado directamente en el material de construcción. Cada tonelada de su compuesto puede almacenar alrededor de 220 kilogramos de CO2 y sustituir hasta un 30% del cemento tradicional en la mezcla.
Este enfoque redefine el rol del hormigón. Deja de ser únicamente un soporte estructural para acercarse, progresivamente, a la idea de sumidero urbano de carbono: edificios, puentes y pavimentos que no solo consumen recursos, sino que también contribuyen a retirar CO2 de la atmósfera y a fijarlo durante décadas.
La iniciativa se inscribe además en una tendencia creciente en Europa. Países como los Países Bajos, Francia y Alemania ya incorporan criterios de carbono incorporado en sus normativas de obra pública, ampliando la mirada más allá del consumo energético durante el uso de los edificios para considerar también el impacto ambiental de cada metro cúbico de material producido.
En ese contexto, proyectos piloto como este puente funcionan como verdaderos laboratorios a escala real. Si el desempeño estructural y los costos se mantienen dentro de parámetros viables, este tipo de hormigón podría empezar a utilizarse en pasarelas urbanas, ciclovías, mobiliario público e incluso en edificios residenciales de baja altura.