La Amazonía no es solo una extensa masa verde visible en los mapas climáticos: funciona como un sistema activo que regula la temperatura, la humedad y las precipitaciones en toda la región. Un nuevo estudio, basado en datos satelitales, confirmó algo que durante años se sospechaba: cuando la deforestación supera ciertos límites, el clima local cambia de manera clara y medible.
Las zonas con mayor pérdida de cobertura forestal se vuelven más cálidas, más secas y reciben menos lluvia que aquellas donde la selva permanece intacta. No se trata de variaciones aisladas, sino de transformaciones persistentes en el funcionamiento del sistema climático amazónico.
Al comparar regiones con distintos niveles de bosque, los investigadores detectaron un patrón constante: cuando disminuye la masa forestal, el territorio comienza a comportarse como una zona de transición hacia la sabana, con menor capacidad para retener humedad y moderar el calor.
Qué ocurre cuando desaparecen los árboles
El contraste entre áreas conservadas y regiones degradadas es contundente. Allí donde la cobertura forestal cae por debajo del 60 %, la temperatura superficial durante la estación seca aumenta en promedio unos 3 °C. En los casos más extremos, con apenas un 40 % de bosque restante, el incremento puede alcanzar los 4 °C.
Las precipitaciones también se reducen de forma significativa. Estas zonas registran hasta un 25 % menos de lluvias y alrededor de 11 días menos de precipitaciones por temporada. Además, el régimen pluvial cambia: los episodios son más intensos y concentrados, seguidos de períodos secos más prolongados.
Otro factor clave es la evapotranspiración -el proceso por el cual los árboles liberan vapor de agua a la atmósfera-, que disminuye cerca de un 12 %. Como consecuencia, el suelo pierde humedad, el aire se vuelve más seco y el calor se acumula con mayor facilidad, generando un círculo difícil de revertir.
Un ecosistema que regula su propio clima
La Amazonía no solo responde al clima: también lo genera. Los árboles absorben agua del suelo y la liberan como vapor, favoreciendo la formación de nubes y lluvias constantes. Parte de esa humedad viaja cientos o incluso miles de kilómetros, influyendo en sistemas agrícolas situados muy lejos del bosque.
Cuando grandes extensiones son taladas, este mecanismo se debilita. La reducción del vapor atmosférico limita la formación de nubes y altera el ciclo de precipitaciones, lo que aumenta el estrés hídrico y crea condiciones favorables para incendios forestales.
A partir de cierto punto, el ecosistema pierde resiliencia. No colapsa de inmediato, pero se vuelve cada vez más vulnerable a sequías prolongadas y olas de calor, lo que incrementa el riesgo de cambios irreversibles.
Impactos que van más allá del ambiente
Las consecuencias no se limitan a la biodiversidad. Las alteraciones en el régimen de lluvias afectan directamente la producción agrícola, la disponibilidad de agua y la estabilidad económica de amplias regiones.
El investigador Luiz Aragão, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, sostiene que los bosques deben entenderse como una infraestructura climática esencial. Cuando esa “infraestructura” se degrada, los efectos se traducen en pérdidas de cosechas, inseguridad hídrica y mayor exposición a fenómenos extremos.
Desde esta perspectiva, la conservación forestal deja de ser solo un tema ambiental para convertirse en un componente central de las estrategias de desarrollo.
Bosques y agricultura, una relación directa
Los resultados refuerzan políticas como el Código Forestal brasileño, que exige preservar grandes áreas de vegetación nativa en las propiedades rurales amazónicas. Lejos de ser un obstáculo para la producción, estos ecosistemas contribuyen a sostener la productividad a largo plazo.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha señalado en distintos foros que los bosques aumentan la resiliencia del sector agropecuario al estabilizar los ciclos de agua y reducir los riesgos climáticos. En muchos casos, mantener la cobertura forestal no compite con la agricultura, sino que la hace viable.
Un proceso que avanza en paralelo al calentamiento global
El contexto es preocupante. Entre 1985 y 2024, la Amazonía perdió cerca del 13 % de su vegetación nativa, unos 520.000 kilómetros cuadrados, una superficie mayor que la de España. En ese mismo período crecieron los pastizales, la agricultura intensiva y la actividad minera.
Aunque las tasas de deforestación disminuyeron en algunos años recientes, el nivel sigue siendo elevado: solo en 2024 se eliminaron más de 6.300 kilómetros cuadrados de vegetación en la llamada Amazonía Legal.
Este proceso ocurre en paralelo al avance del calentamiento global. Ese mismo año fue el más cálido registrado a nivel mundial y el primero en superar los 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales. Los científicos coinciden en que frenar la deforestación es clave para mitigar el impacto climático, aunque advierten que no será suficiente si continúan las emisiones de combustibles fósiles.