La promesa de replicar un Vaca Muerta en el mar argentino empezó a desdibujarse con un dato clave: el primer pozo exploratorio de aguas profundas no encontró lo que se buscaba.
En 2024, la compañía Equinor confirmó que el pozo Argerich, ubicado en el bloque CAN 100 de la Cuenca Argentina Norte, fue clasificado como “seco”. Aunque el estudio permitió validar el modelo geológico de la zona, no se detectaron indicios claros de hidrocarburos comercialmente explotables.
El resultado tuvo un efecto inmediato: puso en duda la viabilidad del offshore en Argentina y aceleró decisiones empresariales que ya estaban en evaluación.
Qué es un pozo “seco” y por qué es tan determinante
En la industria petrolera, un “pozo seco” no implica necesariamente ausencia total de hidrocarburos, sino la falta de volúmenes suficientes para justificar su explotación económica.
Perforar en aguas ultraprofundas -como ocurre en la Cuenca Argentina Norte, a más de 300 kilómetros de la costa- implica inversiones que pueden superar los 100 millones de dólares por pozo. En ese contexto, cada resultado negativo pesa fuerte en la toma de decisiones.
El caso Argerich fue particularmente sensible porque se trataba del primer testeo real de una hipótesis geológica que llevaba años de desarrollo. Sin resultados positivos, el margen para sostener nuevas perforaciones se reduce drásticamente.
El riesgo geológico: la gran incógnita del Mar Argentino
A diferencia de otras cuencas maduras del mundo, el offshore argentino presenta un alto nivel de incertidumbre geológica. Esto significa que, aunque existan estudios sísmicos y modelos predictivos, no hay garantías de encontrar petróleo o gas en cantidades explotables.
En regiones como Brasil o el Golfo de México, décadas de actividad permitieron reducir ese riesgo. En cambio, en la Argentina, la exploración en aguas profundas está todavía en una etapa inicial.
“El problema no es solo encontrar hidrocarburos, sino encontrarlos en condiciones que permitan su extracción rentable”, explican especialistas del sector.
A esto se suma la complejidad técnica: perforaciones a miles de metros de profundidad, condiciones climáticas adversas y una logística costosa que eleva la vara para cualquier proyecto.
Cómo funciona la exploración offshore
Antes de perforar un pozo, las empresas realizan campañas de exploración sísmica. Este proceso consiste en emitir ondas sonoras hacia el subsuelo marino mediante cañones de aire comprimido.
Las ondas rebotan en las distintas capas geológicas y son captadas por sensores, lo que permite construir una imagen del subsuelo. A partir de esa información, se identifican posibles estructuras donde podrían acumularse hidrocarburos.
Sin embargo, la sísmica no ofrece certezas absolutas. Es una herramienta de inferencia: señala probabilidades, no confirma reservas. La única manera de verificar la presencia de petróleo o gas es perforando.
Y ahí aparece el punto crítico: cada perforación es una apuesta millonaria.
Un punto de inflexión para el offshore argentino
El pozo Argerich no solo fue un resultado técnico. Funcionó como un test de realidad para toda la industria.
Tras ese episodio, varias empresas comenzaron a revisar su exposición en la Cuenca Argentina Norte. Algunas devolvieron áreas, mientras que otras optaron por frenar inversiones a la espera de mejores condiciones o nuevos datos.
El escenario actual deja más preguntas que certezas: ¿vale la pena insistir en una región de alto riesgo geológico? ¿O el offshore argentino quedará relegado frente a otras oportunidades más seguras?
Por ahora, el “Vaca Muerta del mar” sigue siendo más una expectativa que una realidad comprobada. Y el pozo seco de Argerich, el dato que obligó a recalcular todo.