La crisis climática tiene impactos concretos en las actividades económicas; y la producción de vinos no es la excepción. Diversos estudios muestran que las olas de calor, las heladas fuera de temporada y las lluvias extremas están alterando variables clave para los viñedos, como el contenido de azúcar y la acidez de las uvas, lo que deriva en menores cosechas, cambios en los perfiles aromáticos de los vinos y mayores costos.
Un informe reciente publicado por Zero Carbon Analytics señala que la variabilidad climática impacta especialmente en los espumantes, ya que reduce la acidez de la uva, un factor crítico para su sabor y calidad.
Cómo hacen las bodegas locales para adaptarse
Las bodegas locales ya acusan recibo de este fenómeno, y están implementando estrategias de sostenibilidad y agricultura regenerativa para adaptarse a la mayor variabilidad climática sin resignar calidad ni reducir la producción.
“En los últimos años venimos registrando mayores temperaturas y una mayor ocurrencia de eventos extremos como granizo, tormentas intensas y vientos Zondas”, dice Irma Remigio, coordinadora de Sustentabilidad de la bodega Domaine Bousquet, en el Valle de Uco, Mendoza. “Esto incrementa el riesgo productivo, afecta el momento óptimo de cosecha y genera pérdidas parciales de producción. También se registran periodos de sequía más prolongados, que requieren una gestión hídrica cada vez más eficiente”, apunta.
Las olas de calor cada vez más frecuentes reducen la amplitud térmica, una condición relevante para lograr un buen vino. “Cuando la temperatura diurna y nocturna sigue siendo alta, se acelera la degradación de los ácidos y la acumulación de azúcares. Esto hace que se alcance el grado alcohólico antes de completar la madurez de las uvas y resulta crítico para la producción de espumantes, que requieren una alta acidez. ”, explica por su parte el ingeniero agrónomo Javier Collovati, gerente y winemaker de la Finca Valle de la Puerta, en Chilecito, La Rioja.
“Entonces, para evitar una graduación alcohólica más elevada de lo deseado y la pérdida de ácidos que son buenos para proteger la salud de los vinos, muchas veces se adelanta la cosecha”, comenta.
Cambio climático y cambio de paradigma
La crisis climática llegó para quedarse, y está generando un cambio de paradigma en las bodegas locales. “Antes, la premisa era aumentar la superficie y mejorar los rindes de la producción echando químicos. Hoy se habla de suelos vivos, porque los microorganismos, plantas, hongos e insectos mantienen la estructura del terreno y permiten su regeneración, pensando en producir hoy, y que también puedan hacerlo las generaciones futuras”, dice el riojano Collovati.
“Adaptarse al cambio climático requiere una estrategia integral y preventiva basada en la agricultura regenerativa y biodinámica, que fortalecen la resiliencia del viñedo ante a estrés térmico, ya que el suelo cubierto ayuda bajar en algunos grados la temperatura, mejorar la salud y retención de agua”, apunta Remigio, de la bodega mendocina.
Innovación para la sustentabilidad
Fundada por una familia de bodegueros franceses, Domaine Bousquet se instaló en Mendoza a fines de los 90. “Vendimos la bodega familiar en Carcassonne, y compramos 400 hectáreas de tierra virgen en Tupungato, Valle de Uco, para dedicarnos a la producción de vinos orgánicos de Alta Gama”, cuenta Anne Bousquet, co-fundadora y presidenta de la compañía.
La firma se certificó como Empresa B (benefit corporation) en 2022 a partir de cumplir con criterios de sostenibilidad social y ambiental. Y con el objetivo de reducir la vulnerabilidad climática, incorporaron cortinas forestales para protección de vientos, corredores biológicos para preservar la diversidad local, mallas antigranizo y monitoreo de emisiones de gases de invernadero.
En el corazón del Valle de Famatina, La Rioja, la finca Valle de la Puerta arrancó su actividad en 1994 con la plantación de los primeros olivares y viñedos bajo un modelo de producción convencional que luego viró hacia la agricultura regenerativa.
Hoy cuentan con 700 hectáreas de olivares y 150 de viñedos para la producción de Malbec, Syrah, Cabernet Sauvignon, Bonarda y el clásico Torrontés Riojano , más una línea de vinos de altura y otra de orgánicos que se cultivan en viñedos aledaños. También incorporaron plantaciones de nogales, producción de biofertilizante, biochar (un carbón vegetal obtenido de los restos de poda del olivo, que permite capturar carbono e incorporarlo al suelo como nutriente) y compost.
La bodega aplica técnicas de labranza mínima, evitando la remoción del suelo. El uso de mulching (restos de poda triturados) lo protege de la erosión y mejora su fertilidad. El predio, de más de mil hectáreas, cuenta con cien hectáreas de corredores -que conectan los espacios de monte nativo- e islas de biodiversidad donde se preserva la flora y fauna del lugar.
Ciencia y bonos de carbono
A través de un acuerdo de vinculación tecnológica con el Instituto de Ambiente de Montaña y Regiones Áridas (IAMRA) de la Universidad Nacional de Chilecito, se están realizando mediciones de la captura de carbono en el suelo. Los resultados preliminares muestran que, en los olivares, se logra capturar más carbono y metano del que se emite, a partir de un manejo de los cultivos. Próximamente se harán mediciones en los viñedos, con el objetivo de ingresar al mercado de bonos de carbono.
Además, se plantaron rosales junto a los viñedos, que además de atraer polinizadores como las abejas, funcionan como bioindicador para detectar la presencia temprana de hongos que pueden atacar los viñedos.
En cuanto al agua, el sistema de riego por goteo y la instalación de sensores de humedad permiten un ahorro del 30% en el consumo, y mediante un convenio con el INTA Chilecito monitorean la sostenibilidad de los acuíferos.
Además, la compañía impulsa la economía circular, convirtiendo desechos en recursos. El alperujo (subproducto de la aceituna) se composta para elaborar fertilizante orgánico; las botellas plásticas se reciclan en postes y maderas ecológicas, y los residuos de cartón y papel se donan a la Fundación Garrahan. Además, los residuos orgánicos del comedor se procesan mediante vermicompostaje (con lombrices), completando un ciclo de cero desperdicio.