Los microplásticos son partículas diminutas de plástico, de menos de cinco milímetros, que se generan a partir del desgaste de envases, prendas sintéticas y múltiples productos de uso cotidiano. Su presencia se volvió un problema ambiental global y, en la actualidad, la Organización de las Naciones Unidas negocia un tratado internacional para frenar la contaminación por plásticos, con el objetivo de limitar su producción, utilización y descarte. Sin embargo, los alcances y compromisos del acuerdo aún generan debate entre los países.
Estas partículas llegan al ambiente principalmente a través del agua de lavado, los residuos urbanos y distintos procesos industriales. Una vez liberadas, se acumulan en ríos, estuarios y mares, donde pueden afectar tanto a la fauna como a la salud humana.
En el estuario de Bahía Blanca, un equipo de científicos del Conicet y universidades públicas argentinas identificó un hallazgo clave: las marismas -humedales costeros cubiertos por la planta Spartina alterniflora- retienen casi el doble de microplásticos y otras partículas de origen humano en comparación con los bancos de barro sin vegetación. Esta capacidad convierte a estos ecosistemas del sur bonaerense en aliados naturales para la protección ambiental.
El estudio, publicado en la revista Environmental Science and Pollution Research, tuvo como primera autora a la licenciada en Tecnología Ambiental María Eugenia Adaro, becaria doctoral del Conicet en el Instituto Argentino de Oceanografía (IADO), bajo la dirección de la doctora Ana Carolina Ronda.
“Nuestro trabajo muestra que las marismas dominadas por Spartina alterniflora, una planta adaptada a ambientes salinos del estuario de Bahía Blanca, funcionan como un filtro natural frente a la contaminación”, explicó Adaro en diálogo con Infobae. Según detalló, las zonas con esta vegetación logran retener una mayor cantidad de partículas de origen humano, entre ellas microplásticos, en comparación con áreas desprovistas de plantas.
Por su parte, Ronda -investigadora del IADO e integrante del Departamento de Geografía y Turismo de la Universidad Nacional del Sur (UNS)- destacó la relevancia del hallazgo: “Sugiere que determinadas plantas costeras pueden frenar el avance de contaminantes hacia el mar, reducir su dispersión y atenuar su impacto sobre el ecosistema marino”.
A partir de estos resultados, los investigadores plantean la posibilidad de profundizar los estudios para evaluar si esta especie vegetal podría utilizarse en el futuro como una herramienta de remediación en ambientes costeros afectados por la contaminación plástica.
La investigación contó además con la participación de Martín Amodeo (IADO-CONICET/UNS) y de Lucas Sebastián Rodríguez Pirani, Andrea Lorena Picone y Rosana Mariel Romano, del Centro de Química Inorgánica, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata, el Conicet y la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la provincia de Buenos Aires.
Microplásticos: amenazas diminutas que no se ven
Los microplásticos ingresan a los estuarios a través de las lluvias, los ríos y las aguas residuales. El uso masivo de plásticos descartables, el lavado de ropa sintética y la actividad industrial incrementan de manera constante la presencia de estas partículas en el ambiente.
Una vez en el agua, pueden ser ingeridos por peces, moluscos y aves, incorporándose a la cadena alimentaria y generando potenciales efectos negativos sobre la salud de distintos organismos.
En el estuario de Bahía Blanca, la investigación se enfocó en determinar si las marismas cubiertas por la planta Spartina alterniflora retienen una mayor cantidad de microplásticos que los bancos de lodo sin vegetación. Para ello, Adaro, Ronda y su equipo analizaron de qué manera la estructura de la vegetación y las características del sedimento influyen en la cantidad y diversidad de estas partículas.
El estudio incluyó la toma de muestras de sedimento en cinco sectores del estuario, tanto en áreas vegetadas como en zonas sin plantas. En cada caso se evaluó el tipo, el tamaño, el color y la composición química de los microplásticos presentes.
Para la identificación de los materiales se emplearon técnicas de alta precisión, como la microespectroscopía Raman, que permitió detectar polímeros como poliéster, poliestireno, polipropileno y algodón semisintético.
Las marismas, un filtro natural frente a la contaminación
Los resultados mostraron que el 91,7% de los sedimentos de las marismas vegetadas contenía partículas de origen humano, frente al 75% registrado en los bancos de lodo. En promedio, estas áreas acumularon 132,3 partículas por kilo de sedimento húmedo, casi el doble que las zonas sin cobertura vegetal.
Además, la diversidad de microplásticos fue mayor en las marismas: allí se encontraron fibras, fragmentos, películas, gránulos y microesferas, mientras que en los bancos de lodo predominaron casi exclusivamente las fibras.
El principal hallazgo fue que la presencia de Spartina alterniflora influye más en la retención de microplásticos que la densidad o la biomasa de la planta. Los investigadores detectaron una relación débil pero positiva con la altura de las hojas, lo que sugiere que las plantas más altas pueden reducir la velocidad de la corriente y favorecer la deposición de partículas en el sedimento.
Entre los microplásticos más frecuentes se identificaron microfibras azules y negras, comúnmente asociadas al lavado de ropa y a la industria textil. Este patrón coincide con lo observado en otros estuarios del mundo, donde la contaminación por microplásticos está estrechamente vinculada a actividades humanas cotidianas.
Proteger las marismas, una prioridad ambiental
El equipo de investigación concluyó que la conservación y restauración de las marismas vegetadas puede convertirse en una estrategia eficaz para reducir la contaminación en los ambientes costeros. En ese sentido, remarcaron la necesidad de incorporar la función de “filtro natural” que cumple la vegetación en los planes de gestión ambiental, especialmente en áreas urbanas y portuarias.
“Con la debida cautela, los resultados obtenidos en el estuario de Bahía Blanca podrían extrapolarse a otras zonas de América Latina o evaluarse en marismas dominadas por distintas especies vegetales”, explicó María Eugenia Adaro junto a su directora.
Investigaciones previas ya habían demostrado que otros humedales, como los manglares y los pastos marinos, también son capaces de retener microplásticos y diversas partículas de origen humano. En esa línea, la doctora Ana Carolina Ronda subrayó que “los ecosistemas vegetados cumplen un rol fundamental en la mitigación de la contaminación costera, no solo en Bahía Blanca, sino potencialmente en numerosos estuarios de América Latina”.
No obstante, Adaro aclaró que estos procesos no dependen exclusivamente de la especie vegetal. “También influyen las características propias de cada sitio, como la forma del estuario y la dinámica del agua. Por eso, aunque los resultados son alentadores, es necesario seguir investigando antes de pensar en su aplicación en otros ambientes de la región”, precisó.
A partir de estos hallazgos, los investigadores propusieron profundizar los estudios sobre cómo la dinámica del agua y las particularidades de la vegetación condicionan la capacidad de las marismas para retener microplásticos y contribuir a la protección de los ecosistemas costeros.