El motor está listo, el combustible clasificado y la ruta marcada. A Edmundo Ramos solo le falta un compañero de viaje. Desde su casa en Anisacate, Córdoba, este ingeniero electromecánico de casi 70 años se prepara para emprender una travesía singular: llegar a Brasil a bordo de un auto que funciona con residuos orgánicos.
Lejos de tratarse de una aventura improvisada, el proyecto es el resultado de más de 15 años de trabajo. Ramos ya probó el vehículo en viajes extensos, conoce su autonomía y sabe qué tipo de desechos generan mejor rendimiento. Su combustible no se consigue en estaciones de servicio tradicionales, sino en comunidades, municipios y vecinos que lo esperan con restos orgánicos secos y carbonizados.
El viaje está previsto para febrero. Su esposa lo acompañará hasta la frontera, pero el resto del recorrido espera compartirlo con alguien más: un copiloto con licencia de conducir o incluso otros vehículos que quieran sumarse en caravana.
Un viaje con residuos como combustible
El vehículo desarrollado por Ramos tiene una autonomía cercana a los 500 kilómetros por carga, aunque los tramos planificados serán más cortos. Funciona mediante un sistema que utiliza residuos orgánicos secos -como cáscaras, carozos, restos de poda o desechos vegetales- transformados en un gas combustible capaz de alimentar el motor.
No cualquier material sirve. El ingeniero prioriza residuos con mayor poder calorífico, que brindan estabilidad y potencia al sistema. La logística del viaje contempla puntos específicos donde podrá reabastecerse gracias a redes de personas que colaboran con el proyecto.
La idea de viajar acompañado no responde solo al deseo de compartir la experiencia, sino también a cuestiones prácticas. Un segundo vehículo puede aportar respaldo técnico y seguridad en la ruta. Si alguien decide sumarse con su propio auto y es el único acompañante, Ramos cubrirá el combustible. En el caso de un copiloto, el requisito es contar con licencia de conducir y afrontar los gastos personales de comida y hospedaje -o acampar, para quienes prefieran una experiencia más austera-.
No hay remuneración ni promesas económicas. La propuesta apunta a quienes quieran ser parte de una experiencia distinta y demostrar que existen alternativas posibles para el consumo energético.
De obsesión técnica a proyecto abierto
La iniciativa nació como un desafío personal, no como un emprendimiento comercial ni como una cruzada ambiental. Durante años, Ramos trabajó para demostrar que un motor convencional podía funcionar con gas generado a partir de residuos. El proceso estuvo marcado por pruebas fallidas, frustraciones y largos períodos de ensayo hasta lograr que el sistema funcionara de manera estable.
Cuando finalmente lo consiguió, decidió compartir el conocimiento. Publicó los planos, explicó los procesos y rechazó la posibilidad de patentar el invento. Su objetivo fue que la tecnología pudiera utilizarse libremente, especialmente en contextos donde el acceso a la energía es limitado o donde los residuos representan un problema ambiental.
Esa filosofía lo llevó a recorrer miles de kilómetros dentro de la Argentina. En cada destino encontró curiosidad y colaboración: vecinos que aportaban residuos, espacios para trabajar en el vehículo y personas interesadas en conocer el funcionamiento del sistema.
El viaje a Brasil representa ahora un desafío mayor. Cruzar fronteras implica nuevas exigencias logísticas, pero también la oportunidad de expandir el mensaje sobre el aprovechamiento de los desechos como fuente energética.
Ingeniería, paciencia y demostración en movimiento
El funcionamiento del vehículo se basa en un gasificador que convierte los residuos en un gas combustible mediante un proceso controlado de temperatura, filtrado y mezcla de aire. Aunque el concepto es sencillo, su implementación requiere precisión técnica y ajustes constantes.
Con los años, Ramos perfeccionó el sistema hasta lograr un rendimiento confiable. Hoy puede planificar cada tramo del recorrido, elegir el tipo de residuo más eficiente y recargar sin desmontar completamente el equipo.
Para el ingeniero, el viaje no busca romper récords ni ofrecer comodidades, sino generar conciencia. En cada parada explica el funcionamiento del auto e invita a reflexionar sobre el destino de los residuos y las posibilidades de la transición energética.
Sin fecha fija de regreso, la travesía dependerá del ritmo del camino, del funcionamiento del vehículo y de los encuentros que surjan en la ruta. Desde Anisacate, Ramos difunde su convocatoria sin buscar financiamiento ni patrocinadores: solo compañía.
El motor ya fue probado y el combustible está asegurado. Lo que falta ahora es la otra mitad del viaje: alguien dispuesto a compartir kilómetros, desafíos e historias a bordo de un auto que demuestra que la basura también puede convertirse en energía.